Archivo de 1 Agosto 2008

Dijo alguna vez un destacado cronista de nuestro país que el Perú se merecía la suerte que tenía al tratar a sus niños como lo hacía. A veces me provoca darle la razón.

No sólo me refiero a ver a chicos que deberían andar detrás de una pelota intoxicándose con Terokal a la espalda de Palacio de Gobierno, o ver como hacen malabarismo en cada esquina para vender golosinas. Tampoco restrinjo el hecho a aquellos chicos y adolescentes que en el Ayacucho post - conflicto forman pandillas, se prostituyen o simplemente vagan por las calles sin atención alguna de casas que no son hogares ni de gobiernos regionales o locales que no son los suyos.

El problema no es exclusivo de aquellos niños y niñas que, sea en San Isidro o en San Juan de Miraflores, son víctimas de violencia familiar, de abuso o acoso sexual por parte de un familiar cercano y que no se atreven a contarlo por miedo a las represalias o por el daño que pueda causar en los entornos cercanos. Hay que tener mucha valentía para contar una cosa como esta, sea a la edad que fuere.

Creo yo que el problema con nuestra infancia no es solo de la carencia de políticas especiales para ella, o que lo veamos solo como un tema del Ministerio de la Mujer y Desarrollo Social y no como una política transversal de todo el Estado peruano. Sino que no escuchamos a los chicos y chicas en la medida en que debieramos hacerlo.

Veamos en casa o recordemos nomás que pasaba en nuestra infancia: ¿cuántas veces se escuchó nuestra opinión o la de alguno de nuestros hermanos o sobrinos de manera libre y sin críticas cargadas de por medio? Muchas veces, la opinión simple e inocente de alguien que es menor que nosotros nos hace ver que los problemas son más simples de lo que parecen y que hay esperanzas en que el país pueda ser distinto.

Si tenemos a algún niño o niña en casa, pues no solo brindémosle el tiempo necesario para su cuidado y educación. También escuchémosles. En sus manos ya no solo está el futuro, sino que el presente cada vez es más suyo. Y tienen derechos que todos y todas debemos respetar.

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