Archivo de 18 Julio 2008

Dijeron que habían participado en el atentado de Tarata y que por ello los mataron. Nunca lo demostraron, pues los verdaderos actores de ese acto de barbarie senderista fueron otros.

Decían que era la única forma de combatir a la subversión, que era mejor eliminar antes que interrogar y juzgar. Por ello no dudaron en hacer un golpe de Estado y crear un destacamento dentro del Ejército para cumplir con su verdadera política.

No creían en la dignidad del ser humano. Por eso es que sacaron los restos, los calcinaron, los volvieron a enterrar, los desperdigaron por las afueras de Lima. Y cuando finalmente los encontraron, tuvieron la cobardía de entregarlos en cajas de leche Gloria. Como si la vida humana se pudiera equiparar a una lata de leche evaporada, quizás un símbolo de que pretendían que la verdad se evapore.

No querían que la verdad se conociera. Por ello es que amenazaron a los periodistas que investigaron el caso desde las páginas de Sí y de Caretas. Fue por esa razón que sacaron a los tanques a la calle para atemorizar a una comisión parlamentaria y a un general victorioso en el arte de robar y de matar.

Pretendían que la justicia fuera una palabra vacía y hueca. Así, llevaron el caso a la justicia militar, dieron una sentencia arreglada con los ejecutores para que solo tuvieran que esperar a que saliera la norma que fue la más grave de todas las dictadas en materia de impunidad en América Latina.

Y, en su fuero interno, creían que todo se olvidaría. Que Raida, Gisela y los demás familiares, los de derechos humanos y los ciudadanos que creemos que los derechos fundamentales no son un tema ideológico le echarían tierra a todo ello. Que todo estaba bien atado y nunca más se volvería a tocar el tema.

Y hoy tenemos: Una sentencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos que declaró sin efectos a la amnistía, otra similar que declara la responsabilidad del Estado en este caso. Dos sentencias a los miembros de Colina y a algunos altos mandos a penas bastante altas por su participación en estos hechos. Un proceso judicial en curso a Montesinos, Hermoza y otros mandos militares. Y el autor intelectual, el que consintió todo, en el banquillo de los acusados.

Mañana podrán enterrarlos, por fin podrán descansar en paz.

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