Archivo de 22 Enero 2008

Entre los varios libros que he estado leyendo en estos días, uno de los más recomendables es El Nacimiento de los Otorongos de Carlos Iván Degregori y Carlos Meléndez. A pesar que es un estudio sobre lo que fueron las diversas bancadas fujimoristas en el Congreso durante los años noventa, no deja de ser un texto actual, tanto por lo que nos dice sobre la actual conformación del grupo que apoya al ex dictador, como por lo que apunta sobre nuestros partidos políticos post-Fujimori.

Durante los últimos días se ha escrito mucho sobre la formación de Fuerza 2011 y las divergencias partidario - familiares que ha motivado la creación de este nuevo experimento. A estas alturas, nos va quedando claro que la intención del ex candidato al Senado de Japón no es la consolidación de un partido político democrático, sino la formación de membretes funcionales para cada uno de los fines que ha tenido en su dilatada carrera política y, ahora, judicial - penal. Del Cambio 90 primigenio, concebido para una candidatura al Senado peruano, al Fuerza 2011 como “pasaporte a la libertad” del reo de Barbadillo (Kenji Fujimori dixit).

¿Qué es lo que ha traído esto como consecuencia? Para el fujimorismo, no poca. Además de no consolidarse como agrupación, ha terminado convirtiéndose en un reducto cerrado de personas cuyo único mérito es deberle su presente político al ex dictador. Degregori y Melendez lo señalan, de manera bastante clara, en los dos últimos párrafos del libro.

Por otro lado, para el fujimorismo, las elecciones fueron una suerte de “retorno a la semilla”. En efecto, la bancada de Alianza por el Futuro guarda reminicencias con la de Cambio 90, pero solo en el perfil familiar / amical de sus componentes, no en su recorrido político. Una suerte de último bastión de lealtad a rajatabla, compuesto de familiares y amigos, así como hijos de conspicuos fujimoristas de la década pasda y válidos personales del ex mandatario. Así, de los trece representantes, dos son familiares directos de Fujimori, su hija Keiko y su hermano Santiago. Otros dos, tres si incluyéramos a Keiko en este grupo, son hijos de líderes del fujimorismo: Renzo Reggiardo y Cecilia Chacón. Tres pertenence al grupo de las fieles, autoritarias y agresivas “Marthas”: Hildebrandt, Moyano y Luisa María Cuculiza. Dos válidos, el abogado de Fujimori, Rolando Souza, y Carlos Raffo, asesor de imagen del extraditado, cuyo cargo resulta una contradicción en sus términos. Los otros cuatro son militantes provincianos sin mayor lustre durante el decenio pasado, cuyos triunfos en sus respectivas regiones merecen mayor análisis. Resalta sin embargo el caso de Oswaldo de la Cruz, elegido por Pasco, en cuyo currículum destaca tanto o más que haber sido alcalde de Pasco, el hcho de ser propietario de dos radios y un canal de TV local.

Esta composición de la actual bancada de Alianza por el Futuro probaría que el fujimorismo nunca formó una clase política, sino un equipo de mudos y leales colaboradores, “súbditos” que vivían bajo la sombra de Alberto Fujimori y Vladimiro Montesinos. La gran pregunta es qué pasará con ellos, tan cortejados y tratados con guante de seda por el resto de otorongos, desde ahora hasta el 2011 en que tendremos nuevas elecciones. Pero esa es otra historia.

El problema es que varias de nuestras agrupaciones políticas no son ajenas a esta lógica. Si hablamos de membretes electorales, pues los “partidos” de Rafael Rey y José Barba Caballero, hoy funcionarios del gobierno actual, son muestra de lo que supone la presencia de una figura relativamente carismática encabezando una agrupación en la que lo que cuenta es la lealtad al líder y no las ideas. Ello explica también porque estos grupos fueron funcionales al régimen en su momento.

Pero hay otro factor pernicioso para la política peruana que ha sido la gran herencia de los años del fujimorismo: el pragmatismo como sinónimo de cinismo. Vuelvo a citar a Degregori y Meléndez, quienes describen así el fenómeno:

El pragmatismo es necesario en política y en otros aspectos de la vida. Lo específico del autoritarismo fujimorista es que se entendió como una manera de privilegiar la eficacia en desmedro de los procedimientos democráticos, y privilegiar el interés grupal o personal sobre el institucional y el nacional.

La exacerbación del pragmatismo corresponde al abandono de todo referente ideológico, planteamiento programático y ética política. La “caballerosidad gallarda” que añoraba Belaúnde - evidente rezago de uan sociedad estamental - no fue reemplazada por una ética democrática, republicana y ciudadana. Ante esa ausencia, si en la década pasada el autoritarismo competitivo buscó arrasar y someter a sus adversarios, en el actual contexto de “democracia competitiva de baja intensidad” se ha creado el clima para la proliferación de los otorongos: muchos de los participantes en el sistema democrático y se apañan corporativamente.

Pero no solo en la proliferación de los otorongos y de los apañamientos congresales es donde pervive el cinismo pragmático. La alianza conservadora que sostiene al gobierno no se ha formado sobre la base de una idea, sino de intereses bastante primarios: cerrazón del modelo económico tal como se encuentra planteado, restricciones a los reclamos sociales y ambientales, defensa de militares en retiro acusados por violaciones de derechos humanos y pervivencia de un estilo en el que el programa de gobierno sigue importando poco. Lo mismo podríamos decir de sucesos como los asesores fantasmas del Congreso o la permanencia de ministros cuestionados como Alva Castro.

Esto resulta siendo un efecto pernicioso para la politica peruana. Si bien existen espacios para la crítica, el cuestionamiento y la investigación sobre este tipo de conductas, su alcance sigue siendo limitado en medio de un panorama social de insatisfacción con la democracia, en la que este tipo de conductas, asentadas machaconamente durante una década, siguen siendo percibidas como “saludables” o como “lo que le gusta a la gente”. Peor aún, los políticos - salvo excepciones - siguen pensando que es la única forma de hacer su trabajo.

¿Alguien se atreverá a romper este círculo vicioso?

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La fuerte caída registrada por las bolsas de valores del mundo ha generado alarma en varios mercados del mundo incluyendo el peruano.

Ayer, con varios amigos, discutíamos sobre cuáles podían ser las causas - que se concentran, sobre todo, en la desconfianza al plan de estímulo económico anunciado por George W. Bush para Estados Unidos - y, sobre todo, las consecuencias de este golpe bursatil. La preocupación inmediata de algunos de nosotros eran los fondos de pensiones, que podrían sufrir una reducción en sus ganancias.

Pero, de lo que pude sacar como conclusión de dicha conversación, el principal problema es que no conocemos, realmente, cuales pueden ser los efectos de la agitación económica mundial en la economía peruana. Analistas de diversas tendencias coinciden en que algo nos afectará, pero no establecen hasta que punto y menos aún concuerdan en las contingencias que deberá tomar el gobierno peruano sobre la materia. Ello, en una ciencia social y no exacta como la economía, es relativamente entendible.

Sin embargo, preocupa algo que comenté en este blog hace una semana y media: las discrepancias entre el Presidente de la República y el Ministro de Economía sobre el comportamiento de la economía peruana en un complejo año. Disensos que no son poca cosa, dado que ambos son las personas que deberán tomar algunas de las decisiones más importantes para enfrentar lo que es un ajuste serio en el escenario económico global. Y ello no creo que genere mucha confianza en los inversionistas grandes, medianos y pequeños.

Pero tampoco las cosas se tienen claras con relación a los ciudadanos de a pie. Y es que los precios de los alimentos siguen aumentando y nuestro Ministro de Agricultura nos advierte de que se acabaron los alimentos baratos. La pregunta que con justa razón se hacen las amas de casa es: ¿como hacemos con las compras del día, si es que nuestros ingresos no aumentan? ¿con qué reemplazamos los alimentos que ya no podemos comprar? Esas respuestas hacen que la población en general no confíe en el gobierno y, como resultado, tengamos el índice de aprobación presidencial alrededor del 30%.

Así como la economía mundial se ha resentido por los mensajes poco claros que el gobierno de Estados Unidos ha dado sobre su real solidez, lo mismo puede pasar con la economía peruana. Es necesario que el Presidente y los Ministros expliquen, de manera clara, sencilla y veraz, cuál es la real situación económica del país. Porque, mientras tanto, las cifras macroeconómicas siguen bien - y es correcto que sigan así -, pero la gente sigue sin sentirlo y, peor aún, pensando que en cualquier momento se acaban las vacas gordas.

Además de un shock de inversiones, se requiere de un ajuste de confianza. Téngalo en cuenta, señor Presidente.

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