Archivo de 20 Enero 2008

Decía el sábado que dos de las características del sentenciado Alberto Fujimori eran la felonía y la mentira. Luego de escuchar el dramático relato de Jorge del Castillo sobre su secuestro, me sigo reiterando en dicha afirmación y, conforme avanza el proceso judicial, la compruebo con creces.

Pero hay ocasiones en que, dentro de los ghettos políticos más cerrados – como lo es el fujimorismo – salen declaraciones que constituyen un rapto de reconciliación con la verdad.

Hace algunos días,Keiko Fujimori anunciaba la formación de un nuevo partido que constituiría una nueva plataforma para las elecciones del 2011, aparentemente, pensando en un “fujimorismo sin Alberto”. Pero su hermano Kenji desbarató la farsa, en el inicio de la recolección de firmas para Fuerza 2011:

Estos planillones no son cualquier papel. Son el pasaporte a la libertad de Alberto Fujimori. Ustedes son los verdaderos jueces del Chino”

Luego de escuchar ello, volvió a aparecer el viejo objetivo que el fujimorismo pretende: la amnistía para su líder. Amnistía que, como hemos señalado en oportunidades anteriores, no procede por violaciones de los derechos humanos. Y digo amnistía porque la presión que pretenden ejercer en el Poder Judicial, por la conducta de los magistrados que vienen resolviendo este caso, no traerá efecto alguno en verificar la inocencia o culpabilidad del ex dictador.

El 8 de febrero de 2001, en medio del festival de videos filmados en la salita del SIN, el cantante y animador Raúl Romero, cuyas simpatías fujimoristas eran conocidas, concedió una entrevista a Caretas en la que reveló sus 5 reuniones con Vladimiro Montesinos. Pero, más que esa revelación, lo que quedó en la mente de miles de peruanos fue lo siguiente:

En esa época, al igual que muchos peruanos, Carolina (la esposa de Romero) y yo consideramos a Montesinos un tipo que se sacrifica por el país. Y si se hablaba de la Cantuta, de Barrios Altos y de cierto control del Poder Judicial, a muchos de nosotros, desgraciadamente, nos parecía tolerable. Que me perdonen las víctimas, pero desde el punto de vista macropolítico nos parecía que era un precio a pagar

Aunque Romero volvió a hacer sus programas con cierto éxito, luego de esa infame frase nadie tomó sus declaraciones políticas en serio, incluyendo la de su arrepentimiento por lo dicho. El líder de Nosequien y los Nosecuantos dijo aquello que muchos tratan de defender sibilinamente – con argumentos tipo “la seguridad del pais” o “lo que debía hacerse” – en lugar de señalar aquello que en el fondo piensan: que era necesario matar gente para devolverle la paz al Perú.

7 años después, en otro contexto, otro rapto de honestidad semejante sobre los muertos durante el conflicto armado interno lo ha tenido el director del vocero oficioso del fujimorismo, La Razón. En su columna del domingo, Uri Ben Schumel tiene dos frases realmente de antología:

No nos parece digno de quien dirigió una guerra victoriosa el recurso del “desconozco”, “no recuerdo”, “me abstengo de responder”.

Y aún con una condena “menor”, no podrá participar en las elecciones de 2011 y para las de 2016 tendrá cerca de 78 años. De tal manera que en vez de hacer sumas y restas sobre meses o años más o menos en prisión, Fujimori debería decir lo que todos saben pero callan hipócritamente: para lograr la paz se tenía que pagar una cuota de sangre.

Y luego, como es costumbre de todos los que piensan que una muerte causada por el Estado es justificable, recurre al manido discurso del almirante Emilio Massera, uno de los jefes de la sangrienta dictadura argentina, para justificar violaciones de los derechos humanos en nombre de una “guerra justa”. Argumento que ya ha sido utilizado, entre otros, por Rafael Rey y Andrés Bedoya Ugarteche.

Esta honestidad brutal del vocero de la mafia desenmascara lo que, en el fondo, todos aquellos que siguen defendiendo a Fujimori, su golpe de Estado y todas sus “obras” piensan en el fondo.

Lo curioso es que esa misma lógica de menosprecio por la vida humana era la que tenía Sendero Luminoso. Basta ver este extracto de un documento senderista que refleja el parecido en el pensamiento de ambos grupos:

En 1983 acordamos el Gran Plan de Conquistar Bases, una de cuyas tareas era la Conformación del Comité Organizador de la República Popular de Nueva Democracia. A partir de allí hemos seguido la lucha entre el restablecimiento del viejo Poder por el enemigo y el contrarestablecimiento del nuevo Poder, aplicando la defensa, desarrollo y construcción. Así, el nuevo Poder atravesando el baño de sangre se desarrolla, los Comités Populares se están templando en duro combate contra el enemigo regándose con la sangre de las masas campesinas, de los combatientes y de los militantes.

De hecho, en la sección Carnecitas del diario antes aludido, se dice lo siguiente:

A Suecia
Y las mismas circunstancias con el genocida Abimael Guzmán. También sacarlo de la cárcel de la base naval con el acuerdo expreso de que pase el resto de su anciana vida en Suecia (donde viven algunos de sus familiares) o al país europeo que él escoja con la camarada “Miriam”.

No es coincidencia que ello ocurra. Como lo señaló Carlos Basombrío en un trabajo sobre Sendero Luminoso y los derechos humanos, el efecto más perverso de la actitud de SL frente a estos derechos fue la forma en que disminuyó en la población la importancia del respeto a los mismos. La magnitud y forma de la violencia, afectando a la población civil, generó en la población una actitud “pragmática” frente a los derechos fundamentales. ¿De qué manera? A fines de los 80 se da una crisis social de frustración frente a la situación del país y, frente al tema del terrorismo, la población comienza a inclinarse por opciones autoritarias para resolver dicho problema. La lógica de la eficacia es la que prima. Es allí que discursos como los de Romero, Ben Schmuel y otros calan en un sector del país, que sigue defendiendo esta actitud como la válida para enfrentar al terrorismo.

Sin embargo, cabe hacer una reflexión mayor. Sin duda, el Estado tenía el derecho y deber de defender a sus ciudadanos de lo que fue la mayor amenaza a sus derechos fundamentales. Pero no podía hacerlo de cualquier manera. Las matanzas y demás violaciones de los derechos humanos no se justifican en nombre de ninguna pacificación. Y aquí no solo hay argumentos éticos y de principio, sino también prácticos. Parte de la demora en la derrota de Sendero Luminoso y del MRTA se debió a que dichas vulneraciones hicieron que la población desconfiara de las Fuerzas Armadas y Policiales. Otra parte, como sabemos ahora, se debió a la utilización del terrorismo como arma política. Si hay militares y policías procesados no es por venganza o hacerle el juego a Sendero Luminoso, sino porque se olvidaron de a quien defendían: a todos nosotros.

Nada justifica la muerte de un ser humano. Absolutamente nada.

PD: Quizás otra forma de entender todo esto que he escrito sea con este video de Mecano. Hace bastante tiempo que no escuchaba esta canción, pero creo que es pertinente colocarla aquí. Nos habla justamente de aquello que he intentado desarrollar en estas líneas, de por qué no existe un derecho a matar.

ACTUALIZACION (21.01.2008 - 10:50 AM):

Hace algunas semanas Martín Tanaka publicó un artículo en su blog en el que, con ironía, planteaba las mismas tesis que La Razón esgrime recientemente. La aparición del artículo de marras ha suscitado un comentario de Tanaka que es indispensable leer.

De otro lado, con argumentos más “amplios”, Ben Schmuel sigue defendiendo su idea del “vale matar en algunos casos” en su editorial de hoy. Si a ello le sumamos la tesis “Kenji Fujimori” sobre la amnistía para su padre, la estrategia queda clara: se van a jugar porque le perdonen los crímenes sobre la base de que la sociedad amparó dichos asesinatos. Pobre gente.

Sin embargo, sigue quedando una pregunta en el ambiente: ¿por qué hay personas dispuestas a consentir este tipo de pensamiento?

MAS SOBRE EL TEMA:
Laura Arroyo Gárate: ¿Nakasaki pierde el juicio?

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Yo creo que Perú se perdió un gran presidente, pero hubiera dimitido al año porque no hubiera aguantado.
(Joaquín Sabina, sobre Mario Vargas Llosa)

Ayer en la mañana no deje de sentirme conmovido, cuando nuestro Presidente anunció que Mario Vargas Llosa estaba hospitalizado por un mal cardiaco, dolencia que ha sido desmentida por su esposa, esta mañana. Fue la primera vez que quienes somos admiradores del más conocido de nuestros escritores percibimos como cercana su mortalidad, por lo menos, así lo vi.

Mi relación literaria y política con Vargas Llosa fue intermitente durante mi niñez y adolescencia. Y no fue fácil. Mi madre y mi abuela no le tenían mucho cariño, dado que era “el candidato de la derecha”, el apóstata, el antiaprista. Mi viejo si votó por MVLL y, en gesto premonitorio, nos dijo que el país se desbarrancaría en manos de un desconocido. No se si Sabina tendría razón o, como es mi intuición, Vargas Llosa hubiera sido un mejor presidente que Fujimori, pero, de todas maneras, que la podedumbre moral de aquella década no se hubiera suscitado.

Esas pugnas familiares de inicios de los noventa - luego, cuando vino la dictadura, todos en casa aplaudieron el civismo del escritor - hicieron que mi llegada a Vargas Llosa escritor fuera tardía. Recién a los 16 años compré mi ejemplar de La Ciudad y los Perros, que leí de un solo tirón durante un sabado de verano allá por 1998. Y allí empecé a descubrir que la forma de contar la historia, las estructuras del edificio novelístico y la dosificación de la intriga eran tan importantes como las anécdotas que cuenta una novela. Comprendí también porque existe aquella leyenda de los libros quemados en el Colegio Leoncio Prado, pues el libro es durisimo con aquellos antivalores del militarismo ramplón que hemos padecido en América Latina: el malentendido espíritu de cuerpo, el machismo de cuadra, el ocultamiento de la verdad.

Un curso de Narrativa en la PUCP, al año siguiente, me hizo disfrutar de la que creo que es una de las novelas más acabadas: La Guerra del Fin del Mundo. De hecho, el primer recuerdo literario de MVLL lo tuve a los 8 años, cuando vi, entre los libros de un primo que estudió en mi colegio, la primera sección del primer capítulo, cuando se comienza a describir al personaje central: Antonio el Consejero. Y con esa idea me quedé durante años, hasta que fui descubriendo lo que era lo más cercano al sueño vargasllosiano de la novela total: una serie de personajes de distintos orígenes e historias paralelas que al final se terminan entrecruzando, temas universales como la política, el fanatismo religioso, el amor, la incomprensión entre dos formas de entender el mundo. Y quizás allí se terminó de forjar mi alergia a cualquier proyecto violento que dice cambiar el mundo. Siempre terminan en fracaso. Canudos no fue la excepción.

De esta manera, hasta el día de hoy, llevo en promedio un libro de Vargas Llosa por año. En plena campaña electoral del 2000, alternaba mi lectura diaria de Liberación y El Comercio con El Pez en el Agua, donde me sorprendió su aversión a personajes como Mirko Lauer y Raúl Vargas, con quienes en estos años ha hecho las paces, y en el que entendí que el proyecto político de Vargas Llosa se frustró no solo por los votos de apristas e izquierdistas, sino por la propia negativa del escritor a consensuar políticas, como lo haría cualquier demócrata que se precie de serlo. A pesar de ello, admiro la valentía con la que se enfrentó a sus propios aliados a defender las ideas por las cuales él creía que debía ser Presidente.

Y llegaron luego a mis manos La Tía Julia y la alternidad entre radionovelas y una historia de amor que ya conocía por El Pez en el Agua; Pantaleón, sus visitadoras y mi primer contacto literario con la amazonía peruana; el contrapunto entre Flora Tristán y su nieto Paul Gauguin que no es de lo mejor que ha escrito; una novela redonda como La Fiesta del Chivo; y una niña mala con travesuras que se hacían algo repetitivas.

No siempre he coincidido con las ideas de Vargas Llosa de sus ensayos políticos y culturales, que leía en Caretas y ahora en El Comercio. Pero siempre vuelvo a ellos, porque hay algo en el escritor que me atrae: la forma de escribir, el lugar correcto para adjetivar una palabra, el énfasis en desarrollar claramente una idea y, por supuesto, la pasión con la que defiende sus ideas y convicciones. Quizás por eso tiene el respeto hasta de sus detractores y, también, no haya ganado el Premio Nobel de Literatura, que tan esquivo le ha sido en tantos años que ha sido candidato eterno.

Y es que para admirar a alguien no te tiene que gustar todo lo que hace esa persona. Pero si hay cosas que te permiten llegar a respetarla. En mi caso con Vargas Llosa, no solo se trata de los indudables méritos literarios que buena parte del mundo ha reconocido en cerca de 50 años de escritor, sino también de la defensa de valores claves como la democracia, los derechos humanos y la libertad. He allí su trascendencia.

Termino con lo que escribió Gonzalo Vargas Llosa sobre su padre, al perder la larga campaña electoral de 1990, y que creo que resume en mucho lo que varios sentimos:

Bienvenido nuevamente, maestro, al lugar donde siempre perteneciste: tu escritorio. Es desde aquí, y no desde el sillón presidencial, donde batallando con tus demonios seguirás contribuyendo al progreso de tu país y de la humanidad en general, en la medida que tus libros representan, más que en ningún otro escritor, lo que tú tan correctamente llamaste una tentativa de corrección y cambio de la realidad. Ningún presidente en la historia del Perú ha contribuido tanto como lo hicieron y lo seguirán haciendo el Poeta, Pantaleón Pantoja, Raúl Zuratas, Fushia o La Chunga - a través de la conciencia que estos personales crean en sus lectore - a tratar de revelar los profundos problemas que afectan a nuestro país y a intentar superarlos. La derrota en las urnas no significa, pues, sino un triunfo para aquel mundo que ya reclamaba tu presencia: la literatura. Felizmente para nosotros, los intelectuales de este mundo, ha quedado establecido nuevamente que la literatura es la fuerza suprema por excelencia, obligándote a reintegrarte a sus filas. La política tendrá que resignarse a jugar un papel secundario en tu vida. En todo caso, tu paso por la política no ha significado tiempo perdido, pues con aquella honestidad y transparencia que demostrate a lo largo de esos dos años de campaña ayudaste a probar que la polìtica en el Perú no es, necesariamente, como lo creen muchos, sinónimo de demagogia.

Recupérese pronto, maestro. Y con su permiso, me espera La Casa Verde sobre mi escritorio.

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