Te despiertas. Es el día de Navidad. La cena estuvo muy bien y el compartir con la familia se prolongó hasta las cuatro de la mañana, porque la conversación estuvo bien entretenida y todos estaban felices por el hecho de estar allí reunidos, alrededor de la mesa.
Antes de levantarte de la cama, vienen varios pensamientos a tu cabeza, sobre quienes pasan Navidad de manera distinta.
Desde que tienes uso de razón, sabes que la tierra donde nació aquel a quien llamas Salvador es una de las zonas más convulsionadas del planeta. Y te preguntas porque ninguno de los esfuerzos para procurar alcanzar la paz ha tenido éxito duradero, porque entre primos - porque palestinos e israelíes lo son - se disparan todos los días y porque no pueden compartir una misma tierra. Recuerdas la Biblia y ves que la historia es cíclica en cierto sentido.
Cerca de allí, en Iraq, tampoco la están pasando bien. Ya van a ser cinco años de invasión y las cosas, lejos de componerse, siguen siendo violentas. Andar por una calle en Bagdad o Basora sigue siendo un riesgo. ¿Podrá ser posible jugar en medio de minas antipersona o de ataques de Dios sabe que grupo? ¿Será posible ser feliz en medio de las bombas y la hambruna en Darfur?
Y volviendo a la realidad más cercana, te preguntas por el dolor de las familias de los dos policías asesinados ayer en una nueva emboscada. ¿Por qué nos seguimos matando entre peruanos? ¿Por qué seguimos lamentando estas muertes y el gobierno sigue inoperante o recurriendo a supuestas medidas de “mano dura” que no dan resultados certeros?
¿Cómo habrá sido la Navidad en Pisco entre demoliciones y remociones? ¿Como vivirán los niños la esperanza en medio de promesas incumplidas de reconstrucción y del esfuerzo de sus padres para que todo vuelva a la normalidad, a pesar de que FORSUR parece ser cada vez más uno de los peores cuentos de ficción que el país ha vivido en los últimos años?
Y sin embargo, cada una de estas personas sigue despertando todos los días, con la terca esperanza de que su situación mejore y haciendo todo lo posible para que cambie. Y te aferras a esa esperanza para que las lágrimas que han caido no salgan más. Porque el dolor tiene que dar paso a la acción. Y porque de alguien aprendiste que, a pesar que haya mucho dolor acumulado, el camino a la felicidad se hace todos los días.
Mientras el sol alumbra el tercer piso, la mañana de Navidad.





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