Todas las personas muchas veces sentimos miedo y nos paralizamos frente a una situación. La mayor parte de las veces, ello ocurre porque tenemos a lo desconocido o hemos tenido una mala experiencia que hace que, frente a un posible cambio, nos sintamos más cómodos con lo que tenemos ahora y no decidamos arriesgarnos. Es como el par de amigos que se dan cuenta que hay un feeling especial entre ellos que va más allá de lo meramente amical, pero se niegan a admitirlo en público o dar el paso siguiente, pues piensan que la relación bastante buena que tienen en ese momento puede arruinarse por una posible ruptura.
Lo mismo ocurre con los países, con los pueblos y con los gobernantes. Muchas veces, se aceptan arbitrariedades en nombre de ese miedo. Fue, sin duda, lo que le pasó a mi país en los años noventa: se aceptó a un dictador en nombre de una pacificación que no tuvo nada que ver con su persona y de unas reformas económicas liberales que no podían ser plenas e inclusivas si es que no había democracia. El día que la gente dijo El miedo se acabó, comenzó el final de una de las épocas más oprobiosas de la historia peruana. Y, andando el tiempo, con todos los bemoles que podamos tener, en muchos aspectos estamos mejor que hace siete años.
Lamentablemente, el miedo se vuelve paralizante en muchos aspectos y para muchas personas. Creo que es lo que le pasa a nuestro Presidente de la República. Su pésima primera gestión, acusada con razón de desastre económico, y, paradójicamente a la vez, de lenidad frente a la subversión y de violador de derechos humanos, han hecho que, como reacción, en lugar de tener un primer mandatario reformista, tengamos a un hombre que vive de la parálisis y del piloto automático.
A diferencia de la precariedad partidaria de Alejandro Toledo, García tiene un grupo más compacto y no cuenta con una oposición realmente fuerte en los partidos. Sin embargo, en lugar de optar por las reformas que puedan consolidar nuestro crecimiento económico, lograr que sus beneficios lleguen a todos los ciudadanos y hacer que nuestro Estado sea más inclusivo y esté al servicio de las personas, lo que hemos terminado teniendo es un gobierno que no hace nada.
Creo que nadie sería tan loco de proponer cambios radicales en lo macroeconómico. Hoy es patrimonio de izquierdas y derechas que, para poder redistribuir, es indispensable contar con un equilibrio fiscal, inflación baja y los factores de riesgo controlados. Pero sí una política económica que pueda ayudar a que se generen cadenas productivas en el interior del país que puedan comenzar a ser soportes de un crecimiento más sostenido, sobre todo en los lugares donde las oportunidades no sobran.
Creo que, salvo los autoritarios de siempre, propongamos adoptar el modelo de Cuba, Venezuela o retornar a los años noventa. Pero sí es necesario reformar las instituciones que tenemos para que funcionen mejor. García no propuso eso en campaña, pero era la agenda que le dictaba el país no incluido (y también el incluido) luego de lo que fue la aparición de Ollanta Humala en el escenario político. Esa agenda, simplemente, para el gobierno, no existe. Allí el miedo se ha convertido en cobardía.
Y, lo mismo, finalmente, parece haber llegado al plano de lo simbólico. El hecho de que Canal 7 y El Peruano informen tan poco del proceso a Alberto Fujimori, considerando la importancia que tiene para el país, nos habla a las claras de un gobierno en que se confunde la saludable prudencia para no politizar el caso con la pusilanimidad en no informar, a través de los medios que llegan a los lugares más alejados del país, sobre un caso que define nuestro rumbo como país civilizado y puede ayudar a redefinir lo que fue la historia de los años del conflicto. Y si a eso le sumamos esa larga espera por los cambios ministeriales, podemos concluir que la palabra cambio está fuera del diccionario de Alan García.
Una cuestión que define el éxito personal o profesional de una persona es su grado de audacia y de saber manejar los temores que tenemos. Si el gobierno puede lograr vencer los miedos que lo paralizan, quizás tengamos un futuro mejor en el 2011. De no hacerlo, habrá optado por lo más cómodo y, al final, los peruanos podremos quedarnos sin disfrutar de lo que puede ser un país mejor. Que los fantasmas del pasado no nos paralicen





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