Reflexiones en el cuarto aniversario de la entrega del Informe Final de la CVR

Imagínate, amigo lector, que, Dios no lo quiera, te comienzas a sentir mal. Pero no es el dolor de una gripe, sino los síntomas de una enfermedad que parece ser más aguda de lo que es un simple dolor de cabeza.

Tienes recursos - no extraordinarios, pero los tienes - y buscas a los mejores doctores para que te examinen. Te dicen que deben hacerte los exámenes y análisis de rigor para poder detectar exactamente que es lo que tienes.

Pasa el tiempo y te llaman para decirte que es lo que tienes. Te lo detallan con explicaciones médicas, pero en lenguaje que puedas entenderlas. Eres consciente de que lo que te han dicho es serio y duro. Hay médicos que no andan con rodeos o te doran la pildora.

Aun así, sabes que, a pesar de la gravedad de la enfermedad, puedes seguir un tratamiento que te dejará en perfectas condiciones.

¿Qué harías en esas circunstancias: insultarías a los médicos que te dan la mala noticia, ignorarías lo que dicen, te someterías al tratamiento?

De alguna u otra manera, las sociedades pasan por lo mismo.

Los conflictos armados y las dictaduras no son más que síntomas de una enfermedad que padece una sociedad: la poca capacidad que tenemos para resolver nuestros conflictos de manera pacífica e inclusiva. Somos sectarios, claro, unos más que otros. Hay sectarismos que matan: Sendero Luminoso fue la máxima expresión de ello en el Perú y vaya que lo entendimos entre las lágrimas que a tantos peruanos nos hicieron brotar con su demencial accionar.

Pero, como en las enfermedades graves, el cuadro es más complejo. Los síntomas dolorosos que se agrupan en un conflicto armado interno nos revelaron mucho de nosotros mismos: un Estado lejano de la sociedad, prácticas que vulneraban los derechos fundamentales, fanatismo inoculado en medio de un sistema educativo decadente, discriminación, despreocupación por la vida del otro hasta que me toca a mi padecer el dolor.

Toda verdad así duele. En el corto plazo buscamos negarla, no verla o que no se conozca. Eso pasa en las relaciones humanas más cotidianas. Y le ha pasado al país durante muchos años. No en vano, durante los noventa nos machacaron una versión oficial simplificada de la realidad, unos análisis falsos, por llamarlo en lenguaje médico. Y cuando nos mostraron los verdaderos, como sociedad, por miedo, optamos por no oir.

Peor aún, aquellos que habían contratado a los encargados del diagnóstico del paciente Perú, comenzaron a denostar de los médicos. Era lógico: parte de la enfermedad estaba en la indolencia de ellos o en responsabilidades directas por acción u omisión. Y, procurando lavarse las manos, procuraron encajonar el diagnóstico y solo discutir lo que a ellos les interesaba: salvar sus responsabilidades. Todos caimos en el juego.

Sin embargo, el país de cuando en cuando nos recuerda que la enfermedad persiste. Porque los autoritarismos mesiánicos aun tienen cabida en un sector de la población, porque aun no entendemos que la violencia no es la forma de producir cambios sociales, porque aun no aceptamos que Primitivo Quispe es tan peruano como Dionisio Romero. Elecciones presidenciales, conflictos sociales, la emergencia reciente en el sur nos recuerdan que el país sobre el que creció la violencia no ha cambiado en mucho.

Se olvidaron del diagnóstico y también del tratamiento. A cuentagotas y a regañadientes, el país político aplica las recomendaciones dadas por los médicos, pero muchas veces olvidando que eran para superar una enfermedad compleja.

Quizás sea hora, por fin, de leer y actuar. Porque esto no es solo cuestión de izquierdas o de derechas. Se trata de entender lo que fuimos, lo que somos y lo que debemos dejar de ser.

Cuatro años después, el diagnóstico nos sigue esperando. Las tareas pendientes también.

PD: De todos los artículos que he visto hoy, el de Martín Tanaka es el más provocador. Recomiendo su lectura. También vean el debate en su blog sobre su interpretación respecto al impacto de la CVR.

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2 Respuestas a “DURAS VERDADES, POCAS ACCIONES”
  1. Javier dice:

    Aquí hemos creido que con encerrar a Montesinos se pagó la deuda y ya está. Hay demasiados altos oficiales responsables de crímenes que se pasean por las calles sabiendo que nadie los tocará. Por no hablar de aquellos situados en los primeros lugares de la política. Su sola libertad, sin ningún ápice de arrepentimiento o remordimiento, refleja no solo la impotencia de la CVR sino -lo más peligroso- cuestiona su propia lógica y su propia existencia. Más de uno dice ¿Y de qué sirvió tanta comisión?¿Solo para remover el dolor? La mejor manera de acercar la CVR a la gente es demostrando que funciona, que dispone recursos y propugna formas legales y acciones jurídicas. Lo demás es casi una invitación a la amnesia, enfermedad crónica de este país.

  2. Ricardo M.T. dice:

    La CVR planteó cuestiones que no pueden darse en la realidad, porque inlcuso la lectura de la misma en mucho es errada. Como dice Martín: hay que aterrizarlas. Además, con todo lo que hay alrededor de la CVR me ha llevado a ver las conclusiones como un texto no seguro. Si quieres mira lo que comente en el post de Martín.
    Saludos.
    A trabajar de manera eficaz por el país y en el país, eso nos empuja todo este debate.

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