Archivo de 17 Marzo 2007

NOTA:

A diferencia de otros textos, este fue escrito hace tres semanas, no para el blog, sino para una publicación periódica. Creo pertinente ponerlo a su disposición, pues puede dar ciertas orientaciones y aclarar algunas dudas sobre el tema de la relación entre el Arzobispo de Lima y la Pontificia Universidad Católica del Perú.

El texto fue escrito antes que se diera a conocer el complicado intrígulis legal entre Walter Muñoz Cho, presidente de la Junta Administradora de los bienes de José de la Riva Agüero y Osma, y la PUCP. Problema complicado ayer, con una carta de Muñoz Cho publicada por el Arzobispado que continua con la pelea.

Aun así, creo que el texto no pierde un interés y validez, sobre todo para quienes se preguntan sobre si la universidad que en estos días cumple 90 años debe seguir siendo Pontificia. He aquí una respuesta de parte. (JAG)

Una reciente declaración del Gran Canciller de la PUCP sobre una encuesta elaborada por el Instituto de Opinión Pública sobre las relaciones de pareja y la sexualidad ha vuelto a poner sobre el debate la relación que nuestra universidad tiene con la Iglesia Católica, en particular a lo que se refiere a la siempre tensa relación entre los criterios propugnados desde Roma y la autonomía de criterio que una institución universitaria debe tener.

Para poder emitir una opinión o discutir sobre este tema, se debe tener en cuenta lo siguiente:

- La PUCP se define como “una comunidad académica inspirada en principios éticos y valores católicos, creadora y difusora de cultura, saber y conocimiento, promotora del cambio, dedicada a la formación integral de la persona, para que ella haga del estudio un instrumento de su propia realización y se capacite para asumir y resolver problemas fundamentales inherentes al ser humano y a la sociedad“. En otras palabras, se toman los valores católicos como inspiración, pero se deja absoluta autonomía de ingreso, cátedra y expresión a los integrantes de la comunidad universitaria. Y, según el Estatuto que la rige, “es persona jurídica de derecho privado sin fines de lucro, al servicio de la comunidad”.

- Dentro de la Asamblea Universitaria existen cinco representantes de la Iglesia Católica, nombrados por la Conferencia Episcopal Peruana, que es la entidad que rige los destinos de la Iglesia en el Perú. El cargo de Cardenal con el que cuenta nuestro Gran Canciller no le da esta prerrogativa.

- Tal como lo indica el Preámbulo Histórico de su Estatuto: “La Pontificia Universidad Católica del Perú es también persona de derecho eclesiástico, erigida canónicamente por el Santo Padre Pio Xll, mediante rescripto de la Sagrada Congregación de Seminarios y Universidades del treinta de setiembre de mil novecientos cuarenta y dos. La erección canónica, con los privilegios y las obligaciones que entraña, ha sido reconocida por la Santa Sede y la Universidad mediante actos diversos tales como el nombramiento por la Sagrada Congregación de Seminarios y Universidades de los Rectores que iniciaron sus mandatos en 1947; 1952; 1958; 1962 y 1968; y, con la confirmación por la Jerarquía Eclesiástica de los Rectores elegidos por la Asamblea Universitaria en 1977; 1984; 1989 y 1994“. Lo mismo ocurrió en 2004, con la elección del actual Rector.

- En lo que se refiere a su régimen, la PUCP está regida por la Constitución Política del Perú, la Ley Universitaria y demás normas del Estado que le son aplicables, por el presente Estatuto que contiene las normas de la Iglesia aplicables, y por sus reglamentos internos dentro de la autonomía propia de la Universidad”.

- De acuerdo al artículo sexto de nuestro Estatuto, el Gran Canciller tiene como facultades principales “velar para que la Universidad cumpla sus fines institucionales ejerciendo las funciones que las normas de la Iglesia Católica prescriben en lo referente a la enseñanza de la teología, a las cuestiones de fe y al cuidado pastoral dentro de la Universidad“, así como nombrar al Director del Centro de Asesoría Pastoral Universitaria (CAPU). Es decir, sus únicas prerrogativas se encuentran en el campo de la teología y la pastoral dentro de una Universidad que se reconoce como confesional. El Gran Canciller no podría – o, mejor dicho, no debería – inmiscuirse en otros asuntos de la marcha de la Universidad, salvo en el ejercicio de su derecho a la libertad de expresión que la Constitución le garantiza.

- El Rector de la PUCP es elegido por los miembros de la Asamblea Universitaria, conformada por el Rector, los Vicerectores, representantes de los profesores, representantes de los estudiantes, dos representantes de la Escuela de Graduados y los 5 representantes de la Conferencia Episcopal Peruana. Y ello es lo que vale para la ley peruana. En relación con la Iglesia Católica, se tiene que “Para los efectos propios y específicos de la ley canónica, no de la ley peruana, la Universidad pondrá en conocimiento de la Autoridad Eclesiástica competente, a través de los órganos y en ejercicio de las funciones que el presente Estatuto establece, las principales decisiones que sus órganos de gobierno institucional adopten y específicamente las siguientes: (…) b) el nombre del Rector elegido por la Asamblea Universitaria, para los fines de su confirmación según las normas de la Iglesia”.

Sin embargo, y como es conocido por todos, desde que el actual Arzobispo de Lima asumió sus funciones, quiso tener mayores prerrogativas, para lo cual era necesario hacer un cambio de los Estatutos de la Universidad, cuestión que requiere dos tercios de los votos de la Asamblea Universitaria. La comunidad universitaria apoyó a las autoridades de aquel entonces para negociar con Roma los asuntos concernientes a la primacía de la autonomía universitaria, cuestión que se encuentra aún en proceso de trámite.

A pesar de ello, la relación del Gran Canciller con la Universidad ha sido tensa, por razones concernientes a la conducta del Arzobispo durante periodos álgidos de nuestra historia y a actitudes que muchos consideramos como intolerantes.

Buena parte de los estudiantes rechazamos su cercanía al gobierno dictatorial y corrupto de Alberto Fujimori, responsable de una grave crisis política, económica y moral en nuestro país y de delitos que tendrá que responder ante la justicia. Asimismo, el conocimiento, a través del trabajo de la Comisión de la Verdad y Reconciliación, de su pobre labor a favor de los derechos humanos en Ayacucho, en momentos en que el país – y en especial, la arquidiócesis donde se encontraba – se debatía en el conflicto armado interno más doloroso de su existencia.

A ello se ha sumado la intolerancia que el Arzobispo tuvo hacia la comunidad homosexual en nuestro país, al mencionar que “los homosexuales no se encontraban dentro del plan de Dios” y al obligar a retirar un panel de un colectivo de la comunidad gay de la PUCP. Asimismo, su intolerancia se ha mostrado frente a la reciente y ya mencionada encuesta del Instituto de Opinión Pública de la PUCP sobre las relaciones de pareja, que, dicho sea de paso, no mencionaba posición alguna de quienes elaboraron el cuestionario, sino que mostraba lo que un sector representativo de limeños pensaban sobre este tema.

Sin duda, el Cardenal tiene todo el derecho del mundo a expresar sus pareceres, como cualquier persona los tiene, pero ello no le da competencia alguna – sobre la base del Estatuto de la PUCP – a interferir contra la marcha de alguno de los Institutos o Unidades de la Universidad, por más que su opinión sobre las personas que las integran o las actividades que se hagan no sean de su agrado.

Dicho esto, considero que estas posiciones extremas y radicales que tiene el actual Gran Canciller de la PUCP no deben llevar a una ruptura con la Iglesia Católica o perder el carácter de Pontificia que tenemos, salvo que se pretenda afectar de manera clara la autonomía de la Universidad.

Como toda institución privada, la PUCP tiene todo el derecho de inspirarse en los valores católicos, así como en su formación humanística. Esa combinación es la que ha llevado a nuestra Universidad a convertirse, a pesar de las dificultades y problemas que tenemos, en la institución de educación superior más importante del país, tanto por su formación en conocimientos, como por los valores que intenta transmitir y que considero no debe perder.

La discusión coyuntural con el actual Gran Canciller no debe motivar una decisión destinada a la ruptura de relaciones con la Iglesia Católica o perder el carácter de Pontificia. Deberá tenerse una mirada de largo plazo, que contemple que la persona que ocupa dicho cargo lo dejará dentro de 10 años y que tenga en consideración la importancia de una decisión que afecte la enseñanza y los convenios de cooperación con los que la Universidad cuenta por su régimen especial.

Es por ello que la discusión sobre el rol de la Iglesia Católica en la PUCP deberá ir más allá de la mera coyuntura. Deberá tenerse en cuenta que hemos tenido un rector como Felipe Mac Gregor, que durante su vida fue permeable a las posiciones más progresistas de la Iglesia y se convirtió en el iniciador de los estudios sobre Cultura de Paz en nuestro país; o que la Universidad ha tenido el privilegio de tener como profesor a Gustavo Gutiérrez Merino, destacado teólogo que inspiró a muchos profesionales que actualmente desempeñan un importante papel en la política y la sociedad peruanas. O que contamos con profesores como Luis Fernando Crespo o Felipe Zegarra que, a través de su labor académica y pastoral, se han destacado por su defensa de la dignidad humana y los derechos humanos en nuestro país.

Es en esa perspectiva, de un balance sereno y acuiciuoso, que vaya más allá de temperamentos termocéfalos que se encuentran tanto en quienes defienden a capa y espada al Cardenal, así en como quienes quisieran una universidad totalmente laica, sin presencia alguna de la Iglesia. Ciertamente, hablo como creyente y como persona que intenta vivir su carrera y su experiencia desde la fe, por lo que este comentario fija una posición que rescata lo mejor de las tradiciones que han hecho de la PUCP lo que es al llegar a su 90 aniversario: la visión cristiana de la dignidad humana y el conocimiento humanístico que pone en el ser humano el centro del estudio y de las preocupaciones de nuestro tiempo. Ojalá ambas sigan conviviendo en el tiempo.

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