
No recuerdo muy bien los detalles de mi primer día de clases. Recuerdo nítidamente la fecha, 15 de marzo de 1988, en tiempos en que la mayoría de colegios empezaban sus clases en esas fechas o el 1º de abril. En ese tiempo el Tercer Piso quedaba en el Centro de Lima y tenía que atravesar media ciudad en movilidad escolar para llegar a las puertas de La Molina (que en ese tiempo me parecía lo más lejano del mundo). Solo recuerdo dos detalles: 1) que, a diferencia de otros niños, no lloré y 2) que a eso de las 10 de la mañana mi mamá fue a recogerme y era ella la que tenía las lágrimas en la cosa. Creo que ella estaba más emocionada que yo.
Vienen a mi mente sólo chispazos de aquel primer año. Los amigos que venían del nido fueron los primeros a los que me acercaba en los recreos, aunque de cuando en cuando recuerdo a aquella niña de ojos verdes con la que jugaba en el nido, a la que años después encontraría de la manera más inesperada. Mi rápida adaptación al método del colegio y claro, comprobar que necesitaba lentes a gritos, cuestión que solo me percaté luego de 30 días seguidos de ir a la pizarra a copiar, cuando me cambiaron de sitio a las filas de atrás. Recuerdo también un problema que tuve con un compañero, que me ocasionó la primera (y una de las pocas) peleas que tuve en el colegio. Hasta ahora no me queda claro si lloré ese día por la sanción que me pusieron, o por haber hecho llorar a un niño por primera y única vez en mi vida.
Mi profesora de aquel año estaba embarazada. Y tuvo complicaciones, por lo que nos dejó un reemplazo, una profesora que perfectamente podía tener la edad de mi abuela. Lo curioso fue que nos encariñamos más con ella que con la anterior.
Los siguientes años de la primaria fueron algo menos complicados en lo que se refiere a estudios. En realidad, comencé a encajar en la categoría “chancón - estudioso - tranquilo - respetuoso de las normas”, es decir, un nerd con roche. Súmenle a eso mi poca habilidad para los deportes (siempre pasaba Educación Fisica por empeño, asistencia y conducta) y el hecho que era una gloria meter un gol en las pichangas heroicas donde todo el grado se enfrentaba, digamos que me encasilló en el estereotipo. A ello, añádanle que para mi fortuna (buena o mala??) los profesores me tomaban como niño ejemplo, bueno, la vida con mis compañeros, salvo excepciones, no era precisamente idílica.
Aunque claro, tampoco es que me llevara mal con ellos y un hecho casual, si a una hepatitis que me tumbó a la cama un mes se le puede llamar así, me lo demostró. Ni un día dejó de sonar el telefono, siempre de distintos compañeros. Eso me hizo sobrellevar bien la enfermedad, claro y mis libros, y la tele y los cuentos de la abuela cada mañana.
Los recuerdos más cercanos comienzan en el 93. Ese año el colegio cumplía 100 años, hubieron muchas actividades, entre ellas la grabación de un video en el que se reunió a todo el colegio en la cancha baja (que ya no existe). Lo curioso es que ese día no me sentía muy bien: había tenido un problema con una amiga y digamos que esa mañana no quería saber nada con cámaras, sólo quería arreglar el problema. Pero claro, a los 12 años la obstinación de los aún niños es mayor y ese día no se pudo. Fue también el año de las primeras fiestas. Y el año que dejé el primer Tercer Piso, el de Lima. Ahí no dejé raíces, pues no jugaba con los otros niños que había por allí y claro, el ambiente tampoco era de los mejores para que un niño esté por la calle. El segundo Tercer Piso me esperaba en Pueblo Libre.
Secundaria arrancó como un nuevo mundo. No fue tanto un choque en lo académico, pero sí en lo que respecta al trato con los profesores, que eran bastante variopintos en Primero de Media. Desde una profesora que nos hacía rezar la mitad de la clase de Ciencias Naturales, hasta un loco que nos enseñaba religión conectándolo con temas adolescentes, de una manera más o menos fresca. Claro, pasando por mi profesor de aula, blanco de nuestras burlas por una incipiente protuberancia en su espalda, que parecía una mochila. Cosas del anacronismo que en algunas mentes del colegio prevalecía, el curso de Educación para el Trabajo hacía que los salones se dividieran en dos: las mujeres hacían costura y los hombres hacíamos mecánica. Y al profesor de mecánica, digamos, le teníamos tanto respeto como los choferes de combi a las reglas de tránsito.
En segundo de media, me entró la rebeldía, si es que se le puede denominar así al hecho de que ya no quería estar entre los primeros de la clase, ser una persona “normal”, preocuparme más por otras cosas, parar con otra gente, ser un total despreocupado. Claro, las notas se resintieron, mis viejos se preocuparon y se armó el despelote. Las cosas fueron mejorando con el transcurrir de los meses y aquella insatisfacción pasó a segundo plano.
Como olvidar tercero. Fue un año de varios cambios para bien. Hallé a muchos de los amigos y amigas que hasta ahora están allí, la complicidad se hizo mayor con muchas personas, encontré el equilibrio entre mis aficiones musicales y literarias y los estudios. Bailé a rabiar en los quinceañeros a los que me invitaron. Y, luego de varios años, saqué el segundo puesto en mi salón. Además, fue el año donde la política, aquella intrusa, comenzó a colarse. Y comencé a tomar conciencia plena que algo andaba mal, que algo oscuro estaba en el ambiente.
Aquellas preguntas que uno se hace a cierta edad surgieron en cuarto. ¿Quién soy yo? ¿Tiene sentido mi vida? ¿Por qué no me siento cómodo con la gente de mi edad? Por alguna razón que no llego a entender, buena parte de los amigos y amigas que hice en tercero se apartaron, me sentía solo y encontré refugio en los profesores, con quienes hablaba de mis dudas y preocupaciones. Claro, al toque mis compañeros, implacables, al toque, chapa de sobón o portapliegos. Eso me retrajo más. Pero, transcurridos las hojas del calendario de aquel año, mis amigos, que también andaban haciéndose algunas de las mismas preguntas que yo, fueron volviendo.
Fue el año en que también me confirmé, una experiencia algo distinta porque la hicimos con gente de otros colegios. A mi, por obra y gracia de mi profesor de religión, me mandaron al Hector de Cárdenas, un pequeño colegio en Jesús María, cuyo chiflado director (en buena onda) - hermano de Alberto Borea - nos dejó huella de una manera distinta, humana, cuestionadora de lo que eramos. Y nos hizo dos retiros bastante sui generis: uno en la playa y otro en Santa Eulalia.
Quinto fue el año de las emociones encontradas. Feliz y a la vez triste por irme. Enamorado de verdad por primera vez, de mi mejor amiga, quien nunca me daría bola porque tenía enamorado (y estaba en el Santa María, además). Con muchas ganas de decir lo que sentía sobre el país y la total complicidad de los profesores para hacerlo (incluso en los exámenes de historia) y claro, ser una voz incómoda para buena parte de mis amigos (mi mejor amiga incluida) que estaban con el Chino.
Fue el año en que salí por primera vez al extranjero, en que me pegue mi primera borrachera (en el viaje de promoción), en que mis amigos venian en mancha a estudiar al nuevo Tercer Piso - en el que estoy ahora - y terminabamos hablando de cualquier otra cosa, en que mis mejores amigas fueron mujeres, en que la pandilla feliz - no pregunten porque el nombre - se consolidó como grupo, en que Lanssiers me enseñó sobre filosofía y la vida, en que marché varias veces como integrante de la escolta y en que, al final del camino, puedo decir que todo salió bien. Y claro, terminé el colegio con mi fama de Wikipedia bien ganada (gracias Morsa por revelar la chapa a toda la chologlosfera).
¿Por qué escribí todo esto, con aire a una temporada de Los Años Maravillosos? Bueno, quizás porque mi estado de ánimo de estos días ha estado más sensible de lo normal, porque escribí este texto escuchando Bread y Mar de Copas, porque me dio cierta nostalgia ver el uniforme escolar guardado en mi closet y, también, porque vi a mi hermano preparando sus cosas para iniciar sus clases mañana. Como se que de cuando en cuando se da una vuelta por aquí, le dejo algunas cosas que no pude decirle antes que me dijera “buenas noches“: disfruta de tus años de colegio, no creas que por estudiar mucho (como hasta ahora) tus amigos se van a ir, aprovecha el don deportivo que yo no pude disfrutar por motivos obvios y, cuando tengas mi edad, recuerda tus años por nuestra segunda casa con los sentimientos con los que los hago. Tal vez no te acordarás, como yo, de las clases, sino de los pequeños detalles que he comentado. Atesóralos. Y si te lo permite la vida, sigue reuniéndote con tus patas del cole. Son los amigos de toda la vida. Consérvalos.
(Y si ellos están leyendo esto, gracias por todo).
“Crecer sucede en un latido. Un día estás en pañales, al siguiente ya no estás aquí. Pero los recuerdos de la ninez permanecen contigo todo el camino. Recuerdo un lugar, un pueblo, una casa como muchas casas, un patio como muchos patios, una calle como muchas otras calles. Y la cosa es, luego de todos estos años, sigo mirando hacia atrás, maravillado”
(Frase final de Los Años Maravillosos)