Archivo de 1 Febrero 2007

Augusto Ferrando es, sin lugar a dudas, uno de los personajes más queridos y, a la vez, más polémicos que ha pisado un set de televisión en el Perú.

Sinónimo de cultura popular, con críticos feroces que aun lo fustigan y con un redescubrimiento de su figura por los más jóvenes en base a los últimos espacios que la televisión le ha dedicado, Ferrando sigue despertando las mismas pasiones que llevaron a varios a repletar su velorio - ocurrido exactamente hace 8 años - y a disfrutar esa suerte de “homenaje - emboscada” de la que fuera objeto

¿Por qué sentimientos tan encontrados? Mas allá de las explicaciones que valiosos libros como “Risa y Cultura en la Televisión Peruana” de Balo Sánchez León y Luis Peirano o “En Vivo y en Directo: una historia de la Televisión Peruana” de Fernando Vivas, intentaré dar la mía propia.

La televisión peruana que surgió a finales de los 50 estuvo dirigida al sector que podía comprar los aparatos que venían importados por Philips y RCA. Por eso que es nuestras primeras estrellas fueron Pablo de Madalengoitia, Kiko Ledgard o Regina Alcover. Si bien las “grandes mentes culturales” de la época le hacían ascos al aparato, lo cierto es que la población estaba centrada básicamente en el A/B.

Los primeros programas de Ferrando encajaron en esa línea. Los gastados vídeos de los sesenta lo muestran como un animador con terno, capaz de hacer reir a la gente con buenos chistes, bromas ligeras a los concursantes de turno. El Ferrando popular estaba reservado a la Peña, el espacio donde descubriría - ahí sí - a figuras de la canción como Cecilia Barraza o Lucha Reyes, o a cómicos como Melcochita o Miguel Barraza.

Pero Ferrando - no se si de manera intuitiva o deliberada - fue descubriendo que la televisión se fue masificando rápidamente y que la sociedad limeña (y peruana) era distinta. Sin leer las tesis de Anibal Quijano sobre el proceso de cholificación o de Matos Mar sobre el desborde popular, el público de Trampolín a la Fama fue pasando de los mesocráticos Pueblo Libre y Jesús María hacia los sectores más populares y los nuevos barríos - o entonces conos - que aparecían rápidamente por la ciudad.

Así, el concurso de talentos al que hacía alusión el nombre del programa era sólo un pretexto para los cada vez más largos monólogos y batideras donde el animador iba haciendo escarnio de su “plancha nacional”, una suerte de recopilación de estereotipos que, de manera casual o voluntaria, el “descubridor” iría poniendo en pantalla sábado a sábado: un cholo parlanchín (Leonidas Carvajal), una mesocrática solterona con pretensiones de ascenso (Violeta Ferreyros), el negro bruto pero noble(Felipe Pomiano “Tribilín”) y la gringa con castellano mascado y candor de niña (Gringa Inga).

Claro, como todo estereotipo, se acentuaba una caricatura, una forma deformada de la realidad y, en el caso de Ferrando, una soterrada discriminación racial. A ello se sumó su cada vez más grueso humor y la conversión de Trampolín a la Fama en una “corte de los milagros” donde el benefector patriarcal - a la usanza de nuestros dictadores más célebres - se convertía en el que solucionaba un problema con soles en el bolsillo, una cocina Surge, un juego de muebles América o cincuenta kilos de arroz. Trampolín fue convirtiéndose en un espacio donde Calcuta o Sudán eran puestas sobre la pantalla, con risas y bromas de por medio, con pedidos estrambóticos y un Cuco negociando latas de pinturas Rocky sobre la mesa.

La leyenda negra de Ferrando fue alentada por verdades que se contaban a media voz algunas de las cuales fueron puestas en pantalla. Dos bombardeos desde el medio en el que trabajó durante 30 años fueron bastante duros: el personaje de “Fernandez” en la miniserie que Michel Gómez hizo sobre Lucha Reyes - donde Ferrando era puesto como un explotador de su elenco - y el ya comentado “homenaje emboscada” en Fuego Cruzado, ambos a principios de los noventa.

A ello se sumó sus cambiantes amores políticos. Ferrando saludó a Belaúnde en sus dos gobiernos aunque éste no compareciera en su programa, gritó “Chino contigo hasta la muerte” para Velasco, dejó que Alan García entonara “El Plebeyo”, apoyó a Vargas Llosa hasta el extremo de irse a Miami dos semanas por su derrota - aunque según MVLL Ferrando quería una compensación por dicha salida, que el escrito no aceptó - y Fujimori bailó (es un decir) un vals criollo con la Gringa Inga. El más paternalista de nuestros animadores de televisión fue el interlocutor - y, en algunos casos, el reflejo - de los caudillos que se encaramaron en Palacio de Gobierno.

Años después de su retiro y cuando ya estaba en los últimos meses de su vida, se presentó un fenómeno paradójico. La aparición de Laura Bozzo - sobrina de Ferrando - y sus excesos (sumado a su rabioso fujimorismo) hizo que muchos de los otrora críticos de Trampolín añoraran el programa. Y Magaly Medina, una de sus más feroces detractoras, cometería excesos que harían ver a Ferrando la reencarnación de Bernard Pivot, el conductor del programa cultural Apostrophes, de la televisión francesa.

Excesivo en todo, en el cariño a sus hijos, en el amor por las dos mujeres de su vida - aunque francamente la miniserie hecha hace un tiempo pone esa historia peor que telenovela venezolana -, en sus odios, en su conducta televisiva. Ese fue Ferrando, la alegría de muchos en los sábados, cuando el cable no existía (o era un lujo) y cuando el país y la televisión que hoy conocemos, comenzaban a cambiar.

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La reciente renuncia de la competente Rosa Mavila a la Presidencia del Instituto Nacional Penitenciario (INPE) ha vuelto a poner de relieve el tema de las cárceles, en realidad, un tema que ha venido flotando en el ambiente con lo de la sentencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos en el caso Castro Castro y con la reciente reyerta ocurrida en dicho penal, que dejó un muerto y varios heridos.

En realidad, el Perú ha carecido de una política penitenciaria desde hace varios años. Se sigue concibiendo la cárcel como un lugar donde depositamos la escoria de la sociedad, sin remedio, para que no nos haga daño, en lugar de pensar en rescatar a las personas que van allí. Por nuestra dejadez hemos convertido a los establecimientos penitenciarios en universidades del crímen, en prisiones doradas donde hay televisores de 34 pulgadas y te van a visitar vedettes, o en sitios donde el mínimo de dignidad humana está muy lejos de ser satisfecho.

Y es que aun un gran sector de la sociedad peruana sigue pensando que los internos no son personas, que son un costo más que debemos mantener a nuestras expensas, que sería mejor matarlos para no tenr que gastar en cuidar a gente que ya está perdida, que de todas maneras van a volver a delinquir.

Las cárceles peruanas mantienen ciertos estándares de calidad gracias a funcionarios como Rosa Mavila o, en su momento, Wilfredo Pedraza. Conocido fue el trabajo que el sacerdote Hubert Lanssiers hizo por los presos de las cárceles de Lima, labor que mantuvo hasta el día de su fallecimiento, en marzo del año pasado.

Pero la buena voluntad de las Mavila, los Pedraza y los Lanssiers no se puede sostener en el tiempo si es que no existe una política penitenciaria clara desde el Estado. Ello pasa, en primer lugar, por determinar cuál es la entidad encargada de custodiar las cárceles. Actualmente, tanto el INPE como la Policía se echan mutuamente la culpa de lo que ocurre allí, dado que se reparten en partes iguales la tarea de vigilar los establecimientos penales. Es necesario que una sóla entidad, con recursos y personal suficiente, se encargue de la conducción de os penales existentes.

Es necesario poner en funciuonamiento un tratamiento diferenciado entre los interno, tomar en consideración la dimensión de rehabilitación y mejorar las condiciones de la poblción penal en téminos de acceso a servicios básicos, prioritariamente, salud y alimentación.

Finalmente, es necesario poner en vigencia el Reglamento del Código de Ejecucíón Penal, a fin de precisar sus alcances y contenidos, otorgando a los operadores del sistema penitenciario lineamientos claros y precisos de actuación y a los usuarios del sistema un medio de fiscalización a fin de evitar violaciones a los derechos de los internos.

Para culminar, palabras de Hubert Lanssiers, para la reflexión de quien tenga en sus manos, luego de amainada la tormenta, la conducción de los penales:

“Ningún director gneral de penales, por más estimable que fuera ha tenido el ocio suficiente para soñar con una política penitenciaria, si entendemos la política como pretensión de organizar, de modo global, la vida de los hombres. No pudieron ocuparse de lo importante por tener que gastar sus energías en resolver lo urgente. Acosados por las exigencias justificadas y contradictoras de su personal, de los presos, de sus ministros y, cuando corría sangre en la pampa, de los periodistas, vivían en una pesadilla perpetua, una especie de rock diabólio con rayos y truenos. No era precisamente el ambiente bucólico deseable para auscultar los árboles sin perder de vista que pertenecen a un bosque.

Como lo escribía Shaw: “el hombre más triste de una prisión es el director”; el más preocupado también.

Nada funciona en nuestras cárceles, se han cuajado en una especie de inmovilismo glatinoso. No surgen grandes designios que puedan movilizar las imaginaciones y la energía y, cuando se dan, quedan atrapados en la telaraña de la inercia administrativa, de la falt de recursos, de la resignación, espesa, agónica”.

¿Romperemos ese círculo vicioso?

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