Archivo de 5 Enero 2007
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ENVILECIMIENTO SOCIALEscrito por: Jose Alejandro Godoy en Corte Interamericana de Derechos Humanos, conflicto armado interno, reflexionesUna de las secuelas más percibibles, pero menos reconocida, de los años de violencia que vivimos entre 1980 y 2000, es el envilecimiento social y el creciente desprecio por la vida humana existente en nuestro país. El debate reciente sobre la sentencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos en el caso del Penal Castro Castro nos da una muestra clara de hasta que punto no hemos sabido procesar lo que nos ocurrió como sociedad. El desprecio por la vida humana que tenía Sendero Luminoso fue contagiado a toda la sociedad. Los senderistas, comenzando por Abimael Guzmán, veían al resto de la población como “masa” que debía ser dirigida por una “dictadura del proletariado” que nos llevara al supuesto desarrollo comunista. Y para llegar a ese objetivo a Guzmàn y sus huestes no les importaba matar campesinos, gente inocente, civiles a los que decían proteger. Sendero aniquiló no sólo a miles de personas, sino que también fue el causante que se truncara un proyecto de desarrollo en democracia: millones de dólares en pérdidas, una generación de autoridades políticas perdida y una sociedad que, desesperada, buscó una salida autoritaria. Fue una organización tan perniciosa que incluso llegó a hacer firmar a sus miembros cartas de sujección y la famosa “cuota de sangre”, convirtiéndose en objetos antes que en sujetos. Pero el Estado que debía enfrentarse a esa barbarie también recurrió a métodos vedados y, peor aún, con el apoyo de buena parte de la sociedad. Muchos pensaron, no sólo en las Fuerzas Armadas o Policiales, que era mejor un terrorista muerto antes que uno que fuese juzgado. Que, incluso en casos de mera sospecha, era mejor disparar antes que cerciorarse de la inocencia. La tortura se legitimó como medio para “sacar pruebas” y los juicios con las garantías del debido proceso eran muestra de “debilidad” o “tontería”. Era una guerra, carajo, que derechos humanos ni que ocho cuartos, nos dicen hasta ahora muchos que piensan que a la barbarie sólo se puede enfrentar con la barbarie. Es lógico, comprensible y éticamente correcto rechazar las acciones de Sendero Luminoso. Su estela de terror y su proyecto fundamentalista es incompatible con la democracia y debe ser rechazado, más aun cuando sus principales líderes no han dado muestras de arrepentimiento de los crímenes cometidos. Sin embargo, parece que la sociedad se ha ido hacia el otro lado, igualmente pernicioso para el establecimiento de una sociedad que pueda procesar sus conflictos en paz y de la mejor manera. Muchos siguen apostando por la salida autoritaria, por los costos a pagar como si la vida tuviera un precio, por dejar de considerar como seres humanos a personas que, aunque criminales, siguen manteniendo sus derechos intactos, por más daño que nos hayan causado. El debate político de esta semana ha sido de veras lamentable. Ver a magistrados, abogados y representantes del gobierno intentando ver formas de sacarle la vuelta a una sentencia que el Estado está obligado a cumplir ha sido penoso, tanto como ver a editorialistas y algunos parlamentarios haciendo campaña para dejar la Corte Interamericana de Derechos Humanos, como si esta fuera responsable de las barbaridades que como Estado hicimos y como sociedad consentimos sin ningún empacho. Una clase política que, en el momento más propicio para hacer reformas, desperdicia la oportunidad de emprenderlas y prefiere seguir envileciendo y engañando a la sociedad, con propuestas como la de la pena de muerte o negociaciones con el fujimorismo, aquel grupo que representa lo peor de la política en nuestro país: la corrupción, el asesinato, el autoritarismo y la deformación de la economía de mercado. La sentencia que ha merecido debate esta semana ciertamente tiene algunos defectos que hemos anotado. El acto de reconocimiento público solicitado parece excesivo y ciertamente hubiera sido mejor una reflexión de la Corte sobre lo que representó Sendero para la sociedad peruana y sus violaciones a los derechos humanos, pero ello no deja de poner en consideración lo importante: hubieron aquí asesinatos de seres humanos, criminales ciertamente muchos de ellos, pero cuyo carácter de víctimas en este caso es indiscutible. Dejar de reconocer es avalar la polìtica de la ley del Talión como base de la sociedad, en lugar de hacer lo que todo Estado debe hacer: procesar y sancionar con las armas de la ley a los criminales que ponen en peligro la sociedad. La conducta de una persona no justifica una atrocidad como la cometida. Sendero no lo entendió así. Parece que nuestra clase política tampoco. Como sociedad aun tenemos mucho por avanzar. Si bien podemos seguir creciendo económicamente, también lo tenemos que hacer como seres humanos. De no hacerlo seguiremos siendo la misma sociedad que tiene un transito vehicular endemoniado, el país de los buses camión, el de las coimas a la Policía, el que sigue sintiendo desprecio por la vida humana. |






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