Comienza la cuenta regresiva para el cambio de mando y el ambiente político viene siendo animado - dentro de lo que la coyuntura mundialista permite - con el fuego cruzado entre el gobierno que se va y el que está por venir.
AGP y sus aldáteres señalan que el gobierno de Toledo deja “bombas de tiempo” a su gestión, mientras que Toledo y sus minstros se defienden señalando la estabilidad macroeconómica y recordando cuales fueron las “bombas de tiempo” que dejó el APRA a su salida de su primera aventura en el poder, allá por 1990.
Es beneficioso para el país que se produzca un debate sobre la herencia del quinquenio de Toledo, pero los puntos sobre los cuales se han fijado los parámetros no parecen ser, en algunos casos, los adecuados.
Acierta el APRA cuando señala la frivolidad patente y evidenciada del gobierno y gastos supérfluos. No lo hace cuando se concentra en temas menores como los de la Primera Dama - quien, de tener una mejor relación con la prensa, hubiera aclarado mejor estos puntos - o la creación de nuevas embajadas ya proyectadas.
Acierta el APRA cuando señala que el gobierno de Toledo no consiguió encaminar la lucha contra la pobreza. Desacierta cuando olvida señalar que es un camino de varios gobiernos y de reformas estructurales necesarias en el Estado.
Olvidan García y compañía que, efectivamente, Toledo deja un país con cifras azules en lo macroeconómico: inflación baja, buen manejo monetario, tasas de crecimento sostenido por varios meses, posibilidad de alcanzar categorías de inversión impensadas hace 10 años y un TLC que nos brinda algunas oportunidades. Olvidan más cuando no recuerdan la hiperinflación, los malos manejos en el BCR, el decrecimiento de la economía y la condición de parias que teníamos en el escenario económico internacional hace unos años.
Toledo, como mayor herencia, podrá entregar un país con 5 años de crecimiento económico en democracia. Solo se compara a Paniagua (hablo de los últimos 40 años) en materia de respeto a las libertades fundamentales y ausencia de violaciones a los derechos humanos. Ese es un punto en el que los ex presidentes Belaunde, García y Fujimori (sobre todo este último) tienen la cuota en rojo.
Sin embargo, y aquí viene el mayor desacierto de Toledo, durante este quinquenio no se emprendieron las reformas fundamentales de las instituciones que habían sido manipuladas y corrompidas por el fujimorato. Algo se avanzó, pero no a la velocidad ni a la dimensión que el país requeria. Si a ello se suma la torpeza política del régimen, el lastre que fue en muchos casos la bancada de Perú Posible y la frivolidad a la que hacemos referencia, la percepción de la gente sobre el sistema democrático fue disminuyendo con el transcurrir de los años.
Toledo no es el gran estadista que Garavito y Sheput elogian en sus columnas. Tampoco es el peor presidente que hemos tenido, como el fujimorismo y algunos apristas e izquierdistas reclaman. Fue un mandatario que fue un eficiente administrador, pero no un gran reformador. Y el Perú, lo que requiere, son reformas y no solo meros administradores. Aunque ciertamente mejor que sus predecesores, Toledo nos deja la sensación de que pudo hacerlo mejor.
La transferencia no debe ser un pretexto para ensalzar desmedidamente los logros del gobierno que termina o poner parches de una gestión que se inicia. Debe ser el esfuerzo sereno de reflexión que el país requiere para evaluar, de mejor manera, la gestión 2001 - 2006. De seguirnos perdiendo en estas peleas, continuaremos practicando la “política de cantina” de la cual abjuró el hoy electo mandatario en ciernes.




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