Archivo de Junio 2006
Coincido con Augusto Alvarez Rodrich en su columna del martes en Perú.21. No puede hablarse de tregua porque 1) no estamos en guerra, 2) hasta ahora AGP y adálteres no han dicho que van a hacer los 100 primeros días y 3) a García no se le puede extender un cheque en blanco.
Menos aún después de lo que hemos apreciado en una entrevista que el polítologo Michael Schifter le hace a Alan en The Washington Post. Quiero rescatar solo una respuesta, que los que entienden inglés podrán entender bien:
- What about the work of the Truth and Reconciliation Commission [which documented two decades of political violence in Peru]? - In the report it appears that the state is responsible for everything, that government officials and the military were responsible for killing the Peruvian people. This vision is mistaken. What interest would an army captain have in going to the mountains for two years to murder people? . . . Of course there were human rights violations, as there were in My Lai. But no one accuses the U.S. president of being responsible for My Lai. The communism that exists in our country, still embraced by many, tries to show that the state is genocidal and Shining Path is innocent.
Para quienes no manejan la lengua de Beckham, a Alan le preguntan sobre el Informe Final de la CVR y García responde que el informe señala que el Estado es responsable por todo, olvidando que la CVR señala que el principal responsable de lo que ocurrió fue Sendero Luminoso y que se cuida bastante de las generalizaciones sobre las Fuerzas Armadas.
Una de dos: o AGP ha leido mal el informe o esa respuesta la dio al lado de Giampietri. Mal paga Alan el voto de Salomón Lerner “el bueno”.
Realmente, hay otras cosas por las cuales García debería hacer autocrítica, además de su desastre económico. Aun puede hacerlo.
Estaremos vigilantes.
UPDATE: Otro upss de Alan. Cuando una periodista de la BBC le pregunto sobre su propuesta de la pena de muerte para violadores de menores de edad, respondió:
“Soy abogado. Soy socialista, y mi obligación democrática es atender la opinión del pueblo. Noventa por ciento de la población de Perú quiere la pena de muerte para estos casos“.
(Amarren al loco…)
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Más allá de la expectativa – poca o mucha, pero al fin y al cabo, está – sobre lo que hará AGP en los primeros meses de su mandato, la otra gran pregunta post - electoral es ¿Qué hará Ollanta Humala?
La tesis del camino insurreccional, por el momento, parece haberse desvanecido. Salvo las escaramuzas de bronca en Arequipa e Iquitos, dos lugares tradicionalmente “movidos” de nuestro nunca bien ponderado Perú, no hubo pateada de tablero ni mucho menos.
Incluso Humala lució relativamente tranquilo el domingo. Su discurso fue más orientado hacia adentro, procurando mantener la unidad de su variopinto grupo, sin duda, para buscar un lugar preponderante en las elecciones municipales y regionales de noviembre y también para negociar en el próximo Congreso (en el programa electoral de América, Torres Caro no ocultaba sus deseos por ocupar la presidencia del parlamento).
Pero quizás OHT parece haberse dado cuenta que es el único que le puede hacer oposición en serio a Alan García. Miremos que pasa en las otras tiendas: Lourdes Flores recién ha salido a declarar a los medios, más que todo, procurando convencernos, convencerse y convencer a su partido que Unidad Nacional aún no ha pasado a mejor vida. Valentín Paniagua anunció ayer el fin de su vida pública en política (aunque en dicha actividad la jubilación nunca es del todo cierta). En el fujimorismo se vienen mostrando varias facciones cuyo único aglutinante es la liberación de su líder y los otros grupos son lo suficientemente pequeños como para que sus líderes (Lay, Villarán, Andrade, Diez Canseco e incluso Toledo) puedan ser, a corto plazo, alguien que pueda ponerle algo de freno a AGP.
Pero, aún así, la pregunta sigue flotando: ¿qué tipo de oposición?
De las declaraciones que dio luego de las elecciones el candidato nacionalista, una de ellas me llamó la atención en particular: el llamado a la formación del denominado “Frente Nacionalista Democrático y Popular”, convocando al mismo a partidos de izquierda, organizaciones sociales y empresarios nacionalistas.
Y al ver a Carlos Tapia, Felix Jiménez y Gonzalo García Nuñez levantando el puño izquierdo en alto, solo atiné a decirme: quieren resucitar Izquierda Unida. (y con Alan de nuevo de Presidente, la música de “Todos Vuelven” comenzó a sonar en mi cabeza)
Pero dicha resurrección, al parecer, estaría teñida de varios de los defectos que tuvo dicha alianza electoral.
Me explico: en IU, allá por los lejanos ochenta, confluyeron todo tipo de izquierdistas: desde los “católicos de izquierda” y moderados (tipo Susana Villarán, Rolando Ames y Enrique Bernales) hasta los duros y radicales como los del PUM (donde militaba Javier Diez Canseco) y UNIR (el nombre que en esa época tenía la gente de Patria Roja).
Pues bien, buena parte de las agrupaciones que conformaban IU compartieron una visión de la democracia bastante utilitarista, pues participaban en el Parlamento y en los gobiernos locales pero, muchas veces, para demostrar las limitaciones de las que denominaban “instituciones demoburguesas” y muchas de ellas no deslindaron oportunamente con los grupos que emprendieron una lucha armada en contra del Estado peruano, en parte porque algunos de sus postulados anteriores tomaban en cuenta la vía revolucionaria para llegar al poder. Fueron controlados porque, en parte, los grupos moderados controlaron los preparativos para “la revolución” de sus amigos radicales (Barrantes, el principal de los moderados, fue el líder indiscutible de dicha alianza) y, en otra parte, porque su eficiente gestión en algunos gobiernos locales les hizo darse cuenta de las ventajas de la democracia.
En algo se parece actualmente el humalismo a aquella IU de los 80, en particular, a los radicales que, en lenguaje de hoy, plantean destruir el “modelo neo liberal” y una democracia, que, en su opinión, no sirve para nada. Y, viendo en perspectiva la cuestión de Andahuaylas y Locumba, no es que la lucha armada o la vía autoritaria haya sido dejada totalmente como opción.
Por lo demás, dudo mucho que los moderados de aquel entonces respondan a aquel llamado. Muchos se han dedicado a la actividad académica y a las ONG’s, otros, dado el controvertido carácter de Humala y sus denuncias sobre violaciones a los derechos humanos, optarían por no entrar a dicho proyecto. Este sería el caso del Partido por la Democracia Social de Susana Villarán. Algunos de los antiguos radicales, hoy en esquizofrenia por ser moderados, como Javier Diez Canseco, lo pensarían bastante.
La gente del Movimiento Nueva Izquierda (léase, la fusión de los antiguos moscovitas y pekineses) sí estaría en este proyecto, al igual que personas de colectivos pequeños, izquierdistas radicales independientes y algunos gremios.
La otra gran limitación es externa: como otrora la Unión Soviética, China e incluso Cuba, hoy Venezuela se presenta como el “paraguas” ideológico y de financiamiento de estos grupos radicales, a cambio de supeditar su agenda a los intereses de Hugo Chávez quien, por cierto, estaría deseoso de construir un frente que le haga frente (valga la redundancia) a quien ha detenido su expansión en la región andina.
La gran duda es, ¿a dónde se inclinarán: hacia la “demolición desde dentro” con petrodólares venezolanos o a la construcción de una alternativa democrática y menos dependiente? Por el momento, con los votos detrás suyo y las elecciones de noviembre por delante, solo Ollanta Humala tiene la última palabra.
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“El reto para García será, entonces, formular un paquete de propuestas coherentes y convincentes para enfrentar la exclusión social y construir una participación más amplia, todo ello sin poner en peligro la estabilidad macroeconómica” (John Crabtree, “Alan García en el Poder 1985 – 1990”, página 333)
Pocas veces en la historia una persona que cometió tantos errores vuelve a tener una segunda oportunidad.
Esa segunda oportunidad supone, más que la alegría natural por obtenerla, una serie de responsabilidades adicionales, ya no solo con el país sino con la Historia.
Cuando llegó por primera vez al poder, Alan García señaló que su compromiso era con todos los peruanos. Hoy, su nuevo mandato debe comprometer a todos los peruanos, comenzando por quienes no votaron por él, en particular, en el sur de nuestro país.
La gran lección de esta elección es que si bien se han respetado las libertades democráticas de manera escrupulosa y se han alcanzado indicadores macroeconómicos que no deberán ser descuidados, se requiere un mayor y mejor trabajo por la inclusión de un importante sector de peruanos y peruanas.
Inclusión, que tiene que ver con el reconocimiento de derechos ciudadanos para aquellos que nunca los tuvieron.
Inclusión, que comprende las reparaciones a las víctimas de la violencia, la mayor parte de las cuales se encuentra en el sur andino.
Inclusión, donde existan instrumentos técnicos que permitan la redistribución de la riqueza obtenida a través de la extracción de recursos naturales.
Inclusión, que cuenta con una importante oportunidad para la reconversión agraria y la atención a los sectores rurales.
Inclusión, que debe tener como meta dejar de ser el país con la peor educación de América Latina, mejorar la calidad de profesores y alumnos y acabar con ese lastre llamado analfabetismo.
Inclusión, que implica que no se discrimine a nadie, por su idioma, creencia religiosa, opción sexual, género, color de piel o condición socio - económica.
Inclusión, que tendrá que enfatizar en un proceso de descentralización que convierta a las regiones en actores decisiorios de su propio destino.
Inclusión, que implica contar con un Poder Judicial al cual todas y todos podamos acceder y que nos brinde un servicio de calidad.
Inclusión, que implica que los malos miembros de las Fuerzas Armadas y Policiales que cometieron violaciones a los derechos humanos u otro tipo de delitos dejen la institución.
Inclusión, que supone el combate a la corrupción para evitar que nos roben los fondos que pagamos.
Inclusión, que necesariamente nos reta a reformar el Estado, a fin de consolidar su presencia en aquellos sectores de nuestro país que más lo necesitan.
Inclusión, que implica ampliar nuestros mercados a través del comercio internacional.
Para ello, García deberá ser lo suficientemente consciente que ganó con votos que no eran suyos y quienes los emitieron serán fiscalizadores severos de su gobierno. Asimismo, deberá tener en cuenta que su convocatoria a una base más amplia no debe quedar en mera retórica y sí en una saludable apertura a personas que no necesariamente coinciden con todos sus planteamientos pero que son las más capacitadas en su área de trabajo.
Los diagnósticos con los que la nueva administración podrá trabajar ya están dados y deberá utilizarlos en acuerdo con las demás fuerzas políticas y la sociedad civil. Destacamos cuatro de ellos: el Acuerdo Nacional, el Plan Nacional por la Educación, la Carta Agraria y el Informe Final de la Comisión de la Verdad y Reconciliación.
Habrán cuatro tentaciones que el nuevo gobierno deberá evitar: la soberbia de pretender que solo García o el APRA salvarán al Perú, retroceder lo avanzado en materia macroeconómica para atender las demandas sociales que desde el primer día de su mandato lo estarán esperando, garantizar la autoridad democrática de su gobierno en los momentos en que el orden público esté en peligro y evitar encubrimientos a personas que malogren la imagen de su gobierno. En síntesis: no más SEASAP(*), no más hiperinflaciones, no más Frontones, no más Mantillas.
Lo que todos, sin excepción, deberemos evitar, será caer en los extremos: no podemos convertirnos en indolentes que, apenas transcurrida la resaca electoral y evitado el triunfo de Humala, olviden que hay una parte del país que nos ha dado una señal de alerta, para que sea atendida; pero tampoco podemos convertirnos en radicales que destruyamos lo poco avanzado cada cinco años, intentando refundar la República sin tomar en cuenta lo anterior, cual Mesías de la Nación.
Decíamos al inicio que son raras las ocasiones en que la historia (o la votación popular) da una segunda oportunidad. A Alan García, a su partido y a su nuevo equipo les tocará la tarea de demostrarnos que el voto que muchos le dimos a regañadientes o para evitar los riesgos de perder lo avanzado sí valió la pena. Cada peruano, desde su respectivo lugar, deberá apoyar lo positivo y criticar aquello que consideremos negativo, más aun si nuestro voto no ha sido un cheque en blanco.
Buena suerte (y mucho trabajo), Presidente García.
(*) SEASAP: Acrónimo que quiere decir: Solo El APRA Salvará Al Perú
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Si bien el pesimismo es una característica de muchos peruanos, en particular cuando nos referimos a la política, en esta elección parece haber cobrado una mayor incidencia, dadas las alternativas que elegimos para la segunda vuelta electoral.
Como bien lo expuse en su debido momento, en la primera vuelta voté por Susana Villarán para la Presidencia de la República, pues consideraba (y aún considero) que ella representa un verdadero cambio responsable para nuestro país, que nos permita consolidar nuestro crecimiento económico, reducir las brechas económicas y sociales existentes entre los peruanos, combatir la impunidad y fortalecer las instituciones democráticas y el respeto a los derechos humanos.
Como es conocido por todos, esta alternativa solo obtuvo poco más de 76,000 votos en la elección. No se pudo traducir en votos lo que representaba una real alternativa de cambio, elogiada incluso por conglomerados empresariales como la CONFIEP y respaldada con su voto por personalidades como Salomón Lerner Febres o Rosa María Palacios. Faltó sin duda, un trabajo de base indispensable para la construcción de cualquier proyecto político, cuestión demostrada por las votaciones presidenciales y parlamentarias de aquellas agrupaciones que superaron el 1% de la votación. Será tarea de quienes optamos por una opción de izquierda moderna – como también de todo aquel grupo político, sea de centro o de derecha – realizar un trabajo más cercano a la población y una vida partidaria que traduzca en hechos el trabajo que un buen plan de gobierno planteó al país.
La lección de esta elección ha sido clara: es importante el crecimiento económico, pero no es suficiente para eliminar las grandes brechas sociales, la exclusión y la discriminación imperantes en nuestra sociedad. Las dos décadas de violencia que vivimos al final del siglo pasado no fueron más que el corolario de nuestro fracaso como sociedad para construir relaciones igualitarias y pacíficas. El fracaso de la derecha (o, si les gusta llamarlo así, centro -–derecha) representada por Lourdes Flores Nano en estas elecciones fue no entender a cabalidad este panorama y el de buena parte de sus votantes y medios de comunicación que la apoyaron el cerrar los ojos frente a un país que reclama una mejora en su calidad de vida.
Así llegamos a este momento, el de la segunda vuelta, con dos opciones que tenían, paradójicamente, el más alto voto en contra, Ollanta Humala y Alan García, pero que, gracias a su trabajo político y a sus planteamientos de campaña convencieron a dos importantes sectores de la población y pasaron a la segunda vuelta.
Como ya lo hemos documentado, la campaña de la segunda vuelta no se caracterizó precisamente por delimitar cómo iban a sustentar sus propuestas de cambio ni en como deslindar la mala imagen que arrastraban. Todo lo contrario, la segunda vuelta se convirtió en el festival del psicosocial, de cómo meter más miedo sobre el otro antes que de explicarnos propuestas. Incluso la violencia afloró por varios momentos, tanto verbalmente como con piedras, lanzamiento de verduras e incluso balas.
Este clima ha hecho más difícil para quienes no votamos por alguna de las dos personas que pasaron a la segunda vuelta optar por alguna de las opciones. A ello se suma la andanada de llamadas telefónicas, conversas en las reuniones con la familia y los amigos, reuniones ex profeso en el trabajo para intercambiar opiniones sobre el voto, correos electrónicos de todos lados y de todas las posturas y hasta posiciones de profesores en la Universidad. En suma, tal caos informativo y/o mediático que solo yendo a una montaña o a un solitario parque de Lima podremos decidir, sin que nadie nos jorobe la paciencia, que haremos a la hora de ir a la cámara secreta.
Como no votaré por Ollanta Humala, por razones harto expuestas durante esta campaña electoral, así que mis opciones se reducen a dos: o viciar el voto (ya incluso hasta había elegido que iba a poner) o votar por Alan García.
Para hacer más complicada la decisión, no sufro de aquella patología política peruana llamada “antiaprismo”, algo que a muchas personas inculcan desde la cuna. Discrepo en muchas cosas del aprismo y de sus vaivenes históricos e ideológicos, pero no dejo de reconocer en Haya de la Torre, Prialé, Luis Alberto Sánchez y otros líderes históricos del APRA a políticos honestos y de trayectoria relativamente sólida, lo cual no es poca cosa en la ciénaga que muchas veces fue y es el espectro político en el Perú.
Era niño en el gobierno de Alan García y si bien en mi casa no faltó nunca que comer ni las comodidades, también tuve que hacer colas, probar el rancio sabor de la leche Enci, ganarme con los apagones y oler el agua podrida que en alguna ocasión salió por Lima. Ya más adelante, por lecturas y por propio convencimiento personal, tuve el panorama mas claro: ese gobierno fue un desastre. Y lo fue no sólo por la hiperinflación y los hechos que he reseñado antes, sino también por el error que constituyó en García su poca capacidad de controlar a las Fuerzas Armadas en plena guerra interna (el Frontón, el comando que lleva el nombre de un mártir y Cayara son los hechos mejor documentados de la negligencia y falta de autoridad democrática frente al poder militar), por dejar que Sendero creciera como creció y, sobre todo, por haber condenado al partido más antiguo del Perú a un pesado estigma, tanto de ineficiencia como de acusaciones de corrupción y toma del Estado cual botín de piratas.
También es cierto y no hay que negarlo, que García sí tuvo algunos aciertos: retrocedió ante la presión popular frente a la estatización de la banca, respetó la libertad de prensa, construyó Chavimochic – proyecto que permite algo del boom agroexportador del norte –, creó el GEIN que luego capturaría a Abimael Guzmán y se fue a los 5 años de gobierno respetando el mandato constitucional. Sin embargo, el balance de su gestión arroja un importante saldo negativo.
Creo que, en términos económicos, García parece haber aprendido la lección. Su plan de gobierno no plantea cuestiones que desfinancian el presupuesto y existen los suficientes candados institucionales para que no cometa los mismos groseros errores de su primera gestión. Ello se podrá complementar con la fiscalización que gremios empresariales y de trabajadores, así como los economistas y ciudadanos en general, hagan de su gestión económica.
Sin embargo, donde no parece haber aprendido la lección (o no del todo) es en el campo de la lucha contra la impunidad, tanto contra la corrupción como contra las violaciones a los derechos humanos.
Frente al comunicado emitido por una serie de personalidades, García respondió con una maniobra táctica: presentó un documento en la que propone medidas interesantes para combatir la corrupción a largo plazo, pero evitó pronunciarse sobre el fortalecimiento del Poder Judicial, la continuidad del trabajo del equipo de Procuradores Anti Corrupción y el futuro del empeño en extraditar a Alberto Fujimori.
Y hasta el momento Alan no ha hecho un compromiso relativamente serio con la defensa de los derechos humanos. Si bien ha declarado que cumplirá con las reparaciones individuales a las víctimas de la violencia, no ha reconocido hasta el momento la existencia del comando paramilitar que llevó el nombre de un mártir aprista, sigue propugnando la pena de muerte para los violadores y no ha deslindado claramente de las posiciones de su primer vicepresidente, Luis Giampietri, autor de frases como esta:
“Sendero ha promovido como medio de acción directa en sus fines a la Comisión de la Verdad, iniciativa de Abimael, apoyado por la izquierda huevera y las ONG Justicia Viva, IDL y otras organizaciones de derechos humanos vigentes en el Perú y el extranjero. Inexplicablemente están siendo apoyados económicamente por el gobierno norteamericano a través del USAID. Estas organizaciones han reemplazado a las de “abogados democráticos” en sus funciones, dirigiendo y coordinando las defensas y acusaciones de los terroristas a las Fuerzas Armadas”. (La Primera, 20/05/2005).
Estos, a mi entender, son argumentos suficientes para dudar sobre el voto por Alan García, además de su escaso compromiso en campaña con planteamientos que implique la reforma de instituciones tan importantes como el Congreso de la República o el Poder Judicial.
Sin embargo, pienso que el Perú no puede perder lo poco avanzado en estos 6 años de democracia: instituciones que, aunque imperfectas, se han mantenido funcionando, libertad de expresión irrestricta, crecimiento económico que aunque insuficiente es indispensable para conseguir el bienestar, apertura comercial y aumento de las exportaciones, planes de vivienda reconocidos por todos y un boom agroexportador en la costa peruana.
Comparto los sentimientos de quienes quieren votar en blanco o viciado. Ciertamente, ninguna alternativa me parece lo suficientemente completa para encarar los retos que se vienen. Sin embargo, a pesar de todos los peros y limitaciones señaladas, García y el APRA nos pueden dar la oportunidad de discrepar en libertad, de proponer nuestras observaciones y críticas e incluso de conseguir ciertos cambios. En cambio, con personas tan poco proclives al diálogo, comenzando por su candidato presidencial, el humalismo se convierte en una opción que, además de autoritaria, nos haría perder muchos de los avances que he señalado anteriormente.
Mi voto será, por tanto, por el Partido Aprista. Pero ello no implica que deje de vigilar lo que se haga, por lo que, en base a lo que hemos venido planteando a lo largo de la campaña, fiscalizaremos, de manera principal, los siguientes puntos de la gestión de Alan García, en caso salga elegido:
- Respeto a la Constitución y al Estado de Derecho. - No consagración de la pena de muerte - Reforma integral del Poder Judicial, sobre la base de las recomendaciones de la CERIAJUS - Cumplimiento del paquete de recomendaciones planteadas por la Comisión de la Verdad y Reconciliación. - Fortalecimiento del sistema de procuradurías anticorrupción. Adoptar una política integral contra la corrupción, en particular aquellos que se generen dentro del propio gobierno - Reajustar el proceso de descentralización y promover la formación de “macroregiones”. - Austeridad en el gasto y viajes, así como evitar los “compañerismos”. - Reforma policial, sobre la base de las recomendaciones de la Comisión de Modernización de la Policía Nacional. - Sujeción de las Fuerzas Armadas al poder civil. Ministro civil en la cartera de Defensa. - Política de seguridad ciudadana que no implique la sobrecriminalización y que incida en los aspectos preventivos y la reforma del sistema penitenciario. - Manejo macroeconómico y financiero estable. - Reperfilamiento de la deuda externa - Relación de neutralidad frente al capital, sea peruano o extranjero. - Reforzamiento de los organismos reguladores de los mercados. - Firma del Tratado de Libre Comercio con los Estados Unidos, dando compensaciones y procurando la reconversión agraria. - Respeto a los derechos laborales y fortalecimiento en funciones y presupuesto del Ministerio de Trabajo - Fortalecimiento y ampliación de los programas de vivienda existentes. - Obtener la calificación de “grado de inversión” - Reforzar la autonomía de la Contraloría General de la República. - Establecer un Centro de Planeamiento Estatégico - Mejorar los sueldos y salarios públicos, dentro de lo que el equilibrio fiscal permita. - Creación de una entidad administrativa de los programas sociales y mejorar su gestión. - Reforma tributaria que implique la eliminación de impuestos antitécnicos, simplificar trámites y permitir el acceso al sector formal de quienes no lo estén. - Explicar las ventajas de privatizaciones y concesiones antes de hacerlas. - Aumentar el presupuesto de los sectores Salud y Educación, en las metas planteadas por el Acuerdo Nacional. - Mejorar la calidad educativa, a través de la creación de una entidad que dicte las políticas educativas. - Dar mecanismos de evaluación de la calidad docente y sus resultados. - Facilitar el acceso a los programas de planificación familiar. - Aumentar la cobertura de salud, sea por medios públicos o privados. - Acordar con las empresas dedicadas a minería e hidrocarburos condiciones que permitan una participación en las sobreganancias obtenidas por los precios del mercado internacional. - Defensa del medio ambiente. - Ejercer labor de árbitro en los conflictos entre minería y comunidades. - Consolidar la imagen del Perú en el exterior como país independiente de cualquier ingerencia, democrático y con garantías para la inversión. - Consolidar los esfuerzos para una Comunidad Sudamericana de Naciones. - Resolver los temas pendientes con Chile y la adhesión a la Convención de Mar. - Prevenir los impactos ambientales nocivos. - No recurrir a la violencia como medio de práctica política.
Que luego del domingo, optemos por quien optemos o si optamos por votar en blanco, trabajemos todos juntos para salir adelante y fiscalicemos a quienes nos gobiernan. Formemos agrupaciones políticas que permitan ser alternativas de gobierno mejores que las presentadas en esta elección.
En suma, comprometámonos con el Perú.
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La democracia fue abandonada poco a poco por quienes no supimos defenderla. Una democracia que no se ejerce con cotidiana terquedad pierde la lealtad de sus ciudadanos y cae sin lágrimas. En el vacío moral del que medran las dictaduras las buenas razones se pierden y los conceptos se invierten, privando al ciudadano de toda orientación ética: la emergencia excepcional se vuelve normalidad permanente; el abuso masivo se convierte en exceso; la inocencia acarrea la cárcel; la muerte, finalmente, se confunde con la paz. (Salomón Lerner Febres, Prefacio del Informe Final de la CVR)
Entre los mayores crímenes y perversiones que trajo Alberto Fujimori en sus años de gobierno, se encuentra la inversión de los conceptos sobre las instituciones, tanto políticas como económicas.
Se confundió política social con mero reparto de comida, reforma laboral con quitarles derechos a los trabajadores, dar facilidades a la inversión con dejar que los empresarios hagan lo que se les venga en gana, privatizar con vender sin establecer condición alguna de calidad de producto o de servicio.
Súmenle a eso el hecho que la pobreza y la desigualdad han permanecido iguales durante estos años y ahora podrán entender buena parte del voto por Ollanta Humala.
Lo que hizo Fujimori no fue aplicar recetas de mercado, fue una perversión de la economía social de mercado planteada por los alemanes durante su reconstrucción luego de la Segunda Guerra Mundial. Fujimori no entendió que la economía necesita de un Estado fuerte, que pueda negociar en buenos términos frente al capital y que regule, mediante instituciones sólidas, las fallas que el mercado – como toda creación humana – pueda tener. Si a ello se suma su autoritarismo y la corrupción mayúscula que supuso su gobierno, entenderemos porque la década de los noventa – a pesar de la estabilización económica – supuso una década perdida para el país en casi todos los términos
Hoy Ollanta Humala nos plantea cambios a la supuesta matriz “neoliberal”, pero con la misma importa autoritaria de los llamados “neoliberales” fujimoristas.
Como toda persona que desconoce que la separación de poderes y funciones es consustancial a la democracia y a cualquier Estado que pretenda funcionar de manera adecuada, Humala nos vende la idea de que él y sólo él podrá encabezar una “gran transformación”, que con su mera voluntad se bajarán los combustibles al 30%, que por su mera imposición cambiará las reglas de juego, tanto las de la Constitución como los de los contratos de concesión, que por ser él quien lo decrete “nacionalizará” actividades económicas, sin precisarnos aún que es lo que ese vocablo, que tanto nos evoca a Juan Velasco Alvarado, significa.
Su impronta militar y su formación familiar hacen que Ollanta sea poco proclive a consensos y entendimientos, lo que es pernicioso para cualquier sistema democrático, en la que la voz de las minorías debe respetarse y en la que los acuerdos políticos – ojo, no las componendas – deben primar en los temas importantes.
A ello se suma la fragilidad del grupo político que tiene Humala detrás. No olvidemos que la UPP, casi extinta hace 7 meses, fue el vientre de alquiler utilizado por el comandante para sus sueños presidenciales y que, posteriormente, fueron embarcándose todo tipo de personas: desde gente que cree sinceramente en un proyecto radical, como Raúl Morey, oportunistas que han estado con todos los gobiernos como Salomón Lerner Ghitis, montesinistas y personajes de poca monta moral como Carlos Torres Caro y personas que hasta hoy no entendemos que hacen allí, como Edmundo Murrugarra o Carlos Tapia. Un grupo tan variopinto, que nos recuerda tanto a Perú Posible, no nos hace esperar algo bueno, tanto de su bancada parlamentaria, como de la solidez de su propuesta, hecha con retazos de aquí y de allá.
Además, está el hecho no aclarado, la denuncia no esclarecida y la incongruencia mayor de Humala: Madre Mía. Hay indicios sólidos que permiten señalar que el tema debe ser materia de aclaración ante el Poder Judicial, no solo por los testimonios recogidos por la prensa – en especial, por Edmundo Cruz de “La República” o por la Coordinadora Nacional de Derechos Humanos, sino por el hecho documentado por la Comisión de la Verdad y Reconciliación de que la zona del Alto Huallaga, entre 1989 y 1993, años en que Humala estuvo en la zona, fue un lugar donde se practicaron violaciones sistemáticas y generalizadas contra los derechos humanos y el río Huallaga se convirtió en la más grande fosa común del territorio peruano. Además de ello, el comandante habla de las reparaciones planteadas por la CVR, como si fueran un mero canje de la justicia y de la verdad, es decir, plantea pagar dinero a cambio que no sea procesado y que se oculte lo que muy probablemente cometió.
No puedo votar por Humala, en suma, porque veo en él, nuevamente, la perversión de la política y la economía, aplicando una receta económica ya fracasada y con una vocación por la impunidad.
Y a ello se suma un hecho que, los lectores habituales de este blog, habrán podido notar en mis columnas: mi rechazo a la violencia y a la exclusión del otro. No puedo rechazar a quien hace dinero solo porque lo tiene, no puedo castigar el éxito de quien se rompe los lomos trabajando. Es cierto, hay gente como en algunas playas del sur de Lima, que se excluyen en ghettos privados de lujo para no ver lo que pasa o que manda a bañarse a las empleadas solo en uniforme y a la puesta de sol. Pero no todas las personas que tienen dinero son discriminadores, como no todos los pobres son emprendedores. De todo hay en la Viña del Señor y con todos tenemos que convivir. El “amor por el Perú” no se basa en enfrentarnos a unos contra los otros, se basa en que todos y todas podamos construir un proyecto común.
Violencia no es solo pegar, matar, torturar. También es herir con una palabra o con un gesto. Y mucho de ello hemos visto en el candidato y en su entorno. Luego de la terrible experiencia que supuso Sendero Luminoso, no quisiera que mi país se vea de nuevo sumido en un conflicto interno o en un proyecto donde la violencia sea el elemento predominante.
Finalmente, está presente el elemento más tradicional de la política peruana: el militarismo. Durante la mayor parte de nuestra historia nos han gobernado militares o gobiernos autoritarios sustentados por cúpulas militares. La presencia de Humala, un militar, además, cuestionado por su poca proclividad a la defensa de los derechos humanos y la democracia, impediría que se complete una reforma militar que ponga en su justo lugar a las Fuerzas Armadas, sin que vuelvan a contaminarse con violaciones a los derechos humanos o una alta dosis de corrupción.
Por todo ello, no votaré por Ollanta Humala.
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