Como era de esperarse, el estreno de la película “El Código Da Vinci” ha causado todo tipo de polémicas alrededor de los temas que toca, los personajes e instituciones aludidas y se ha dejado en segundo plano lo referido a la calidad cinematográfica del producto.
Lo que me pareció más curioso del asunto es que Juan Luis Cipriani, Arzobispo de Lima, le dedique todo un programa de su espacio sabatino “Diálogo de Fe” (que más bien, debería llamarse “monólogo” porque al pobre Alvaro Ugaz solo lo deja para las preguntas que le dan pie a Monseñor para que suelte sus puntos de vista) a recomendarnos a los fieles católicos que no veamos la película, pero que si nos vayamos a Internet a ver la página web que el Arzobispado ha montado para hacer la campaña de rigor en contra de la cinta.
Con lo que no contaba Cipriani es que desde la Conferencia Episcopal Peruana le viniera una suerte de “estate quieto”. Tanto el Obispo Bambarén como Monseñor Cabrejos le respondieron que, si bien no estaban de acuerdo con los contenidos de la película, no iban a sumarse a una campaña de boicot contra la misma, dejando en libertad a sus fieles para que la vean, si lo creen conveniente.
A ello, el Cardenal respondió airadamente a Bambarén, recordando la serie de pullas que habían tenido en diversos temas (y que aquí nos permitimos recordar: posiciones frente a Fujimori, defensa de los derechos humanos, temas políticos).
Como me dijo un sacerdote amigo - un joven de 69 años - la polémica levantada es, en verdad insulsa. Si una persona tiene clara su fe y que es lo que cree, entonces ésta no se verá alterada por una película polémica o por el libro que le da origen. Y, por lo demás, hay inmoralidades - cito a mi amigo cura - que son peores: la pobreza, la falta de trabajo, la violación de los derechos de las personas, el hambre, el hacinamiento en las cárceles. Y terminaba esta reflexión diciendo: ¿no debemos ocuparnos de dichos temas antes que ponernos de censores o críticos de cine?
Entiendo que Cipriani se sienta alterado. Igual me sentiría si yo fuera miembro del Opus De y vieran los ataques que se hacen a dicha organización. Pero lo que no puede hacer es imponernos a todos los católicos su punto de vista. ¿Cómo pretende que critiquemos la película si no la vemos? Por lo demás, le doy la razón a mi amigo sacerdote: hay cosas más importantes que ponernos de censores o revivir el tristemente célebre Index de libros prohibidos. Más aun, si la mayor parte de las personas que ven la película saldrán satisfechas o no de ver un entretenimieto, antes que cuestionarse su fe en base al supuesto matrimonio de Jesús.
Termino. He recibido muchos mails de amigos católicos haciendo campaña en contra de lo que consideran un atentado a la fe. Respeto su punto de vista, pero más atentado contra ella es no amar al prójimo como a nosotros mismos. Quizás si lo entendiéramos, el mundo sería un lugar mejor para vivir.




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