Una mirada a las izquierdas peruanas en esta elección
Las democracias más o menos consolidadas tienen 4 o 5 posturas ideológicas encarnadas en igual número de partidos políticos, lo que les permite tener cierta estabilidad. Como hemos podido ver en las últimas semanas, nuestro país no tiene corrientes ideológicas claras, ni tampoco partidos políticos más o menos sólidos (con excepción de 3 ó 4). La avalancha de postulantes a la presidencia (que quedaría, tachas mediantes, en alrededor de 20) así lo demuestra.
A ello no solo contibuyen la lluvia de advenedizos e improvisados que van a poblar en su mayoría la cédula electoral (salvo excepciones, claro está), sino también aquellos personajes que, de alguna manera o otra, forman parte del elenco estable de la política peruana. Hoy nos ocuparemos de las izquierdas peruanas, y digo izquierdas porque nuestros políticos parecen tener 2 y hasta tres maneras de ver este término.
Desde mediados de los años 60 hasta los años 80, la izquierda peruana en todas sus variantes, divisiones y facetas tuvo un fuerte crecimiento, tanto en apoyo en sectores movilizables (sindicatos, campesinos, estudiantes universitarios) como en votación popular. La importante votación de la izquierda en las elecciones para la Asamblea Constituyente de 1978 hizo que los esfuerzos de unidad se vieran cristalizados en lo que fue Izquierda Unida, que se convirtió durante la mayor parte de la década de 1980 en la segunda fuerza electoral del país.
Izquierda Unida fracasó básicamente por la tensión entre sus dos grandes bloques: los radicales y los moderados. Sus posiciones sobre el gobierno de Alan García (que los descolocaba al asumir sus banderas radicales como la estatización de la banca) y, principalmente, sobre Sendero Luminoso (o, en otros términos, definir si optaban o no por la lucha armada, con la cual no deslindaron claramente como lo señaló la CVR), sumado a los apetitos personales de sus líderes terminaron con este proyecto de unidad.
De allí en más, con la caída del muro de Berlín, la asunción del Consenso de Washigton y el debilitamiento de las organizaciones sindicales y de base, la izquierda perdió terreno y representación. Sin embargo, un bolsón importante de personas se proclama de izquierda en el Perú, siendo un segmento de la población que, a fin de estabilizar la democracia peruana, debiera estar representado de mejor forma.
Tres candidatos presidenciales pertenecen a este segmento político: el llamado Frente Amplio de Izquierda, que reune a los otrora opuestos Partidos Comunistas “Patria Roja” y “Unidad”, el Partido Socialista de Javier Diez Canseco y la alianza Concertación Descentralista liderada por Susana Villarán.
El Frente Amplio de Izquierda parece haberse quedado en sus consignas previas a 1989: cambio de la política económica, refundación del país mediante una nueva Constitución “que reconozca los derechos de las grandes mayorías”, vuelta a la polìtica laboral previa a los 90, poca búsqueda de consensos, poca capacidad de autocrítica con su pasado y un radicalismo político que los llevó a coquetear abiertamente con Ollanta Humala durante meses (y también hace unos pocos días).
Javier Diez Canseco es quien padece la mayor dosis de “esquizofrenia” política. No sabe si ser el estadista moderado que daría la imagen de gobernar el Perú de manera más o menos ordenada, o ser el radical congresista, combativo y fiscalizador que ha sido por cerca de 30 años. Aplaude de la misma manera a Chávez y Castro que a Lagos y Lula, lo que demuestra que aun no define quien quiere ser y ha sido utilizado por Ollanta Humala para un intento de formar un bloque de izquierda (por cierto, Humala no es izquierda, ni derecha, es simple y llanamenete autoritarismo). Una lástima, pues Diez Canseco tiene valores importantes como político (la decencia y la honradez son dos de ellos) y un equipo interesante de gente que lo rodea (como Humberto Campodónico o Nicolás Lynch), pero sus indefiniciones lo han terminado despintando.
Susana Villarán aparece con una propuesta más moderada, una suerte de “social democracia” a la europea o a la chilena. Pero tiene que enfrentar que su carisma se asocia más a actividades de activismo en derechos humanos, lo que implica que su perfil sea màs de ministra de algo que de presidenta. Lamentablemente para Villarán, muchos de los temas que ella tiene como base de su propuesta (Comisión de la Verdad, lucha anticorrupción) no son los preferidos por una población desesperada por trabajo y dinero. Ello demuestra, a la vez, la dificultad que mis amigos de la llamada “izquierda caviar” tienen para colocar creativamente su interesante agenda en la mesa y la poca cultura política que tienen nuestros ciudadanos.
¿Intentos de unidad? No se darán en esta elección, pero creo que las opciones antes presentadas podrían madurar de mejor manera, siempre y cuando sus líderes sean consecuentes y practiquen hacia adentro la democracia que pregonan hacia afuera. Y, sobre todo, que sean lo suficientemente creativos para conectarse con la población. Como se dice en términos televisivos, la izquierda “no pasa el vidrio” y sus posibilidades son, sin duda, menores en esta campaña. Pero es un espacio interesante que no debe ser descuidado por nuestros políticos, sea cual fuere el resultado del 9 de abril.




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